Carrera al Cerro Mano Negra. Patagonia de Aysén. Chile

Texto e imágenes: Rodrigo Antonio Panichine Flores, Periodista, corredor de montaña del equipo Tranko Tehuelche – para NoticiasOutdoor.

A los leñadores, arrieros, baquianos  y carabineros que trabajan en las montañas de la Patagonia de Aysén.

Carrera al Cerro Mano Negra
Una experiencia carmenere, con finos matices, otoñalmente fragante, con largo y frutoso final

El primer trayecto lo corrí por la carretera que va de Coyhaique a Puerto Aysén, con abundantes subidas, vehículos y conductores imprudentes que transitan a exceso de velocidad en ambos sentidos. Por ello, frente a los molinos de viento subí a un camión que me dejó en el cruce de Manihuales.

Desde este punto comencé a correr tranquilamente.

Curvas, ripio y frío me alentaban. Sin darme cuenta llegué al Haras de Carabineros, a quienes  consulté datos del cerro Mano Negra. Lamentablemente  ellos sabían menos que yo del tema, por lo cual proseguí corriendo en dirección E, disfrutando el escenario que brindaba la cara norte del Cinchado, con sus primeras manchas de nieve y su verde valle de árboles plantados, donde descollaba el colorido otoñal de los nativos Coihues.

Con cada paso ascendente el frío se intensificaba, aparecían las cordilleras nevadas perfilando distintas formaciones rocosas, informándome que corría bajo sus pies como insignificante ser, como astilla navegando en las bravas y tronadoras correntadas del río Baker.
Todo transcurría bien. El silencio era roto por mugidos de vacas, graznidos de gansos o bulliciosas camionetas. Cuando llevaba poco más de una hora de carrera divisé a la distancia un arreo de vacas y novillos. Estimé que eran más de quinientas pero menos de mil, las que traqueaban por el camino en mi misma dirección. Preocupado saludé y pregunté a uno de los arrieros
– Che amigo voy al cerro Mano Negra ¿cómo hago para pasar?
– No tiene forma, “si las asusta quedará la escoba, si quiere lo llevamos”
– Gracias gancho –le respondí – “voy medio apuradito y ustedes lenteja”, mejor salto los alambres y corro por el campo rodeando la novillada; hasta otra vuelta será.
Rodee  y avancé paralelamente al alambrado como media hora, entre lomas y huellas barrosas. Al no ver animales regresé al camino pero sorpresivamente encontré otra cantidad importante de éstos. Al borde del desánimo vi subir temerariamente una camioneta cuyos ocupantes gritaban y asustaban los vacunos para abrirse paso. Sin pensarlo dos veces les hice señas, salté a la carrocería y en segundos quedamos a media cuesta, literalmente rodeados, sin poder avanzar ni un centímetro, retardando aún más mi expedición. Sin embargo, impresionantemente unos niños “muy gauchitos” descendieron de la camioneta y los arrearon,  despejando el camino. Algo que “sencillamente no estaba en mis libros”. Luego de su temeraria labor éstos me preguntaron
– ¿tío, para dónde va?
– al Mano Negra – respondí –
– nosotros vamos por allí, lo llevamos, agárrese firme.
Mientras corría esa camioneta rumbo a Villa Ortega, entablé una breve charla con otro pasajero de carrocería, que resultó ser un viejo leñador de montaña. Nos presentamos a la usanza antigua preguntándonos “cuál es su gracia” y enseguida brotó conversación. El hombre me desafió a correr al cerro Rosado, por el lado E, afirmando “es facilito”. Al llegar a un cruce éste descendió y se dirigió allá. Proseguimos otro tramo y antes de llegar al poblado me avisaron “siga derechito hasta el retén de carabineros”, allí le informarán como llegar al Mano Negra.

Apegado a la constitución

Corrí unos metros hasta el retén, donde fui recibido por el joven carabinero Saúl Leviñanco Velásquez, quien consultó mi destino, objetivo e equipamiento. Cuando éste telefoneo a Coyhaique entendí que no fue buena idea decir “yo soy todo el equipo, más mi telefonito Nokia Entel del año de la pera, que funciona sobre los 2000 metros, en ambos lados de la Cordillera de los Andes”. Sin embargo, al ver su comunicación no verbal mientras recibía instrucciones, percibí que tendría luz verde. De esta forma, mi espontaneidad brindó confianza, evitando así “un posible desacato”.
-muy bien señor Panichine, requiero sus datos personales, de emergencia y hora de regreso. Luego siga la plaza, dobla a la derecha y prosiga unos 9 km., en el desvío tome a mano izquierda.
– estaré de regreso a las 16:00 – respondí-  no se preocupe, no lo haré pasar sustos.
Estimo que a la 13:00 salí corriendo del retén, cubrí 100 mt de vereda,  después torcí en dirección NS por un camino ripiado, recto y ascendente. Trancos de buey, jugo de naranja Srimp y un Super 8 fueron vitales  para mi espíritu en aquel momento. Después volqué mis miradas al exterior. Hacia el O asomaban cordilleras nevadas, distinguiéndose el cerro Emperador Guillermo y sus picachos. El E estaba cubierto por coloridas cortinas de Coihues que dejaban ver valles que se perdían en difuso horizonte. A mi espalda supongo quedaba Villa Ortega, evito precisarlo porque raras veces miro atrás. Lo que sí afirmo con certeza es que a mitad de camino divisé el Mano Negra. Lo vi extenso, alto, ideal para correr y explorar sus cumbres sin nieve ni horario de regreso.
Intuitivamente pensé que si la cima estaba nevada, y su cara norte derritiéndose, en su base montañosa abundaría el barro, humedad, y riachuelos drenando por la pendiente. Racionalmente estimé que sí ambos costados tenían nieve, rodearlo sería descabellado, porque la cara sur estaría aún más nevada, al recibir menor exposición solar. Por ello, mi objetivo sería correr hasta los faldeos sin nieve de su cara norte, traspasando la zona boscosa.

Negociando la integridad de mis costillas

Lo que ocurrió posteriormente es una precipitación de eventos corajudos, para los cuales estaba preparado, pero nunca pensé vivirlos simultáneamente. En la última cuesta, antes de llegar al plano, se atravesó un perro tosco, mostro colmillos y fijó posición. Tomé piedras sin lograr asustarlo, detuve mi carrera, le hablé baquiano pero se lanzó a atacarme a la zona media, respondiéndole con un grito enérgico. Recogí un palo ante la inminente embestida, y le hablé recreándole el peor escenario y sus consecuencias, conceptos de negociación aprendidos de mí Profesor Felicísimo Balbuena de la Fuente, los que resultaron eficaces para calmarlo. Sin quitarle la vista, templé sus gruñidos en mis oídos y caminé por su costado, evitando así una sobre reacción de éste.
Minutos posteriores crucé una zona boscosa, hice algunas fotos, torcí a la izquierda en el único desvío y con astucia troté por un camino inundado. Anduve sobre palos caídos y alambrados,  e inevitablemente terminé sumergiendo mis zapatillas Masochist en el barro. Me sentía feliz, como si en tres brincos llegase a parar al Mano Negra”. De pronto ocurrió otra barbaridad. Esta vez fueron cinco perros los que se arrojaron a morderme. Por fortuna ladraron, dándome tiempo a tomar un palo, el que sumado a unas palabrotas amilanó sus descontroladas ansias. “Por el momento”.
Miré al cielo, y pedí a Dios menos sustos y más emoción. Luego respiré profundo y corrí bordeando una casa con corrales, visualizando esporádicamente sobre los arboles, los trisados picachos del Mano Negra. Fue justo en este momento cuando decidí salir del camino, correr, buscar y hacer mi propia huella. Derecho y cuesta arriba, aceptando las contrariedades vividas y el devenir.
Acerté sobre el estado del terreno en un 95 %. Había barro, nieves bajas y blandas. En un claro bosque imprimí velocidad a mi carrera, salté riachuelos, evadí mallines y muy contento respiré el húmedo y oloroso aire. Celebré  llegar a un sendero de leñadores, sin embargo poco más arriba la nieve se presentaba alta (5 %). Por ello, me introduje nuevamente en el bosque confiando en la protección del suelo producida po la cubierta vegetativa de árboles y arbustos.

Alentado por la voluntad y actitud

Proseguí subiendo como huemul, brincando lateralmente sobre la nieve, sin asomo de cansancio, señalizando con palos cada 10 metros la ruta. En ello estaba cuando vi unos rastros que distinguí inmediatamente. ¡Milongas! susurré, estaban fresquísimos, como pan recién sacado del horno. Miré la hora. En casa seguro estaban almorzando, pero yo partía cerro arriba tras un puma, con más voluntad que inteligencia, motivado por el conocimiento natural, negándome el capricho de la entretención, “siendo dueño de mí mismo”, como plantea Enrique Rojas. Sobre todo, reflexionando sobre los caminos consecuentes que he decidido transitar.
Por ello, rememoré la promesa que hice a Dios en octubre de 1998, de abandonar para siempre la caza y pesca, al ver los ojos de un triste puma encadenado, exhibido por un circo en la Plaza de toros de Madrid. También recordé las palabras del empresario argentino quien luego de consultarme de Patagonia expresó: “che, olvídate de jefes, monta tu empresa turística y gana dólares”. Cumplir lo primero fue fácil, concretar lo segundo difícil, como seguirle los pasos a éste chileno milenario. Di con sus excrementos, su mirador y lugar de siesta. Sus posteriores indicios dejaron de ser mi  asunto cuando la nieve sobrepasó mis rodillas.
Él pudo cruzar la nieve, salir del bosque y llegar al cerro. Yo no. No por falta de voluntad, sino porque un baquiano o patagón evita acorralar al puma, ¿acaso a usted le agradaría ser invadido en su living?. Por ello hice fotos y descendí raudamente. Me las volví a ver feas con los perros pero entendí su arrojo. Al llegar al retén, dije al carabinero Liviñanco en tonito compadrón “disculpe, quedé en retornar a las 16:00 y son recién las 15:30, tardé porque topé con un león, tengo fotitos que lo confirman”, provocando risas espontáneas. Finalmente, durante el regreso, saboree la convicción que “ganarse a uno mismo no da jerarquía, ganarse a uno mismo brinda actitud”. Salud.

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