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Corrí con las nubes del Cerro El Fraile, el cielo puede esperar

Texto e imágenes: Rodrigo Antonio Panichine Flores, periodista y corredor del equipo Tranko Tehuelche.

A Daiana, por compartir su chispeante alegría.

Llevaba más de un mes de inactividad física, luego que mi tendón volviera a estropearse el pasado 3 de enero, después de casi tres años de correr en montañas de la Patagonia de Aysén y La Araucanía. Esta contrariedad rebasó mi paciencia la mañana del 12 de febrero, cuando me levanté decidido a subir el Cerro Fraile.
Mi plan era caminar velozmente. Marcha forzada. Sin descanso ni para comer. Si en algún momento me sentía en condiciones de correr lo haría. Recuerdo que salí tranqueando desde Coyhaique a las 10:03 horas, buscando siempre el camino más recto. El cielo estaba gris, la lluvia era inminente y había calor. Por ello, en el camino pregunté a un paisano patagón:
– ¿Che, lloverá o es puro chamullo?
– “Se viene fea la lluvia gancho”, respondió.

Fiel a mi convicción que los goterones del cielo bendicen y no mojan, proseguí mi andar hasta llegar a un riachuelo cuyo curso intuí descendía del Fraile. Aquí comenzó la diversión. Atravesé bosquecillos, orillé senderos demarcados, ascendí por huellas de leñadores y luego bordee el mismo hilo de agua que me orientó a encontrarme con tres pequeñas cascadas. Tres blancas novias de montaña, las que bauticé como “andante” a la de armonioso caudal, “tronadora” a la menuda y ruidosa,  y finalmente nombre “la Chispeante” a la más blanca y alegre de todas.
Cuando canturreo un pajarillo estuve tentado por quedarme allí el resto del día, pues el sitio era inspirador. Ello provocó una indefinible reflexión en mi ser: “o yo me acerqué a este bello lugar o fui atraído aquí”. Pude haber desoído las gotas de agua, o ignorar el desconocido trinar del ave y continuar ascendiendo, pero no lo hice, y resolví descender hasta los sonoros pies de las cascadas.

 

Mientras inhalaba y exhalaba esta regocijante experiencia, de pronto el tendón de Aquiles avisó su presencia fastidiando el momento. Concientemente pensé “a este repugnante” lo exigí al límite en dos horas de marcha. Sin embargo, inconcientemente decidí que “este cuero o cartílago no evitaría que conozca la cima del cerro Fraile”. Por ello continué “ganando altura”, internándome en el bosque de barbudas lengas y frondosos Coihues.
Con cada tranco que daba el monte respondía con mayor pendiente. Cuando las perspectivas de los cerros engañaban mis ojos yo guapeaba brincando palos a pies juntos o subía algún barranco sin usar las manos, iniciando así una honesta jugarreta entre cerro y hombre.
Más tarde, al llegar donde los árboles comenzaban a reducir su tamaño, el cielo se abrió en 360 °. En este punto supe que “pasaría de tranquear en tierra boscosa a andar sobre roca firme o suelta, a manito limpia y sin mirar hacia atrás”.

La primera cima, la cabeza del Fraile

Sobre mi cabeza divisé una cumbre negruzca de 100 metros de alto y 300 metros de largo. Mentalmente subdividí su extensión en 10 partes de E  a O. Luego la encaré desde la segunda fracción, donde existía un acarreo o zona de rodados.

Honestamente este ascenso fue poco decoroso e implicó gatear asido a matas y ramas de debiluchos pero pobladores Coihues. Cuando por fin llegué a tierra firme, voltee mi vista a los valles de Coyhaique y seguidamente llamé a mi padre, exactamente a las 1:05 de la tarde. Le dije que estaba en la ladera E del cerro y por tanto no podría verme desde la ciudad. También le comuniqué que exploraría durante una hora y posteriormente descendería. Luego, di mi posición a una chica que estaba pendiente de mi travesía por Internet desde su casa, localizada al otro lado de la Cordillera de los Andes.
Del mismo modo, llamé  a un par de incrédulos para probarles que mi “ejemplar Nokia del año de la pera” tiene cobertura superior a otros teléfonos de última generación, pese a que estaba a 1.500 metros de altura sobre el nivel del mar, literalmente en la punta del cerro.

Las flores de montaña

Aviso a mi lector que si las ideas fluyen imprecisas es porque mientras escribo estas líneas ingresaron al restorán Ricer –donde suelo venir a escribir- una tuna “con voces carente de bemoles”, aunque cantando Lambada suenan como gorriones en primavera.

¿En qué estaba? Ah. Ya recuerdo. Desde la planicie donde estaba situado pude ver varias cúspides de pequeños picachos, como aquellos banales y artificiosos objetivos que persiguen algunos sonsos. Con el ánimo más aquietado, soslayé la magnificencia del entorno y me enfoqué en las inspiradoras flores de montaña. Allí estaban, lindas, elegantes y honestas. Caminé a fotografiar algunas, gravé arrastrándome otras y apoyé mi barbilla en el rocoso suelo para conocer sus olores.
Era emocionante ver como una flor amarilla se movía con los subliminales suspiros del viento, reafirmando mi convicción que la transparencia, honestidad y autenticidad imprime fortaleza, en la montaña y también en la urbanidad.

Me sentí dichoso. Solo, pero feliz. De pronto, desde el sur llegó un vientecillo. Orienté mi vista en la misma dirección de éste y descubrí que no muy lejos de allí había un centinela de rocas de verdosos matices. Enseguida recordé el aviso a mi padre, mi momentánea limitación física y el dicho que reza “que el chivo siempre agarra para el monte”.

Viviendo una aventura inimaginable

Sobrepasé los dilemas. Primero yendo al sur con trancos largos y luego al norte, zigzagueando por una ladera. Sin esperar lo “esperable”, fui rodeado por una densa y energizante nube. Estaba viviendo algo inimaginable. Tranqueaba con las nubes, confiando plenamente en Dios. Por ello continué mentalizado en llegar a la cumbre.
Cuando la visibilidad empezaba a desaparecer, estalle en una carrera cuesta arriba sin usar ninguna de mis técnicas de ascenso. Solo debía llegar, pues sentía que el mismo Dios acicateaba mi espíritu para que brinde el mejor de mis esfuerzos. De pronto, en un segundo de racionalidad pensé “ojo, la cosa está color de hormiga, ya no veo absolutamente nada”. Sin embargo, el aprecio por la vida venció el miedo, saqué mi camarita Nikon y registré lo que estaba viviendo. Luego de tropezar, asumí que la naturaleza me había ganado la mano a escasos 70 metros de la cima. Debía regresar inmediatamente y encontrar el paso para descender.
Mojado y con la adrenalina borboteando, pensé dos segundos y luego eché mano a mis instintos. “Sí las nubes vienen del norte me tienen que mojar la nariz, entonces el paso está en dirección a mi oreja derecha”.  Hacía allí debía  dirigirme. Corrí por donde intuía había andado minutos antes. De ves en cuando detuve el trote y adelanté un pie para asegurarme que no caería al vacío. Luego de 5 minutos de desesperanza llegué al paso y literalmente dejé caer mi cuerpo entre nubes y rocas, sin frenar o reparar en alguna rasgadura de mis piernas. Mientras esto transcurría, una vocecita interior murmuraba “te salvaste Rodrigo, volverás a reír patagón, tendrás otra historia para relatar algún día a tus nietos, seguramente te llamarán la atención en casa, pero nadie te dirá lo que es correr junto a las nubes en la Patagonia de Aysén, ni en esta vida ni en la otra.

8 Comentarios

on “Corrí con las nubes del Cerro El Fraile, el cielo puede esperar
8 Comments on “Corrí con las nubes del Cerro El Fraile, el cielo puede esperar
  1. Es increíble lo que los seres humanos pueden hacer a la hora de decidir si se dejan vencer y apartan los sueños de sus mentes y corazones o siguen inmersos en la cotidianeidad de la vida… te felicito!!!!!!!!! y un placer ver los resultados!!!!!! simplemente bellisimo!!!!!!!!!!!

  2. Miriam y Ricardo, gracias por sus palabras!!!!; estuve casi 8 meses con la hoja en blanco y la mente llena de imagenes y experiencias que espero relatar como racontos;hoy están sumergidos en un barril de recuerdos, pero pronto flotarán. Rodrigo

  3. Ricardo: te felicito por tu osadía, he compartido varias veces estos ascensos “locos” al Fraile, simplemente es bellisimo el paisaje que se ve, montañas al lado norte, lagos al lado sur, realmente para los amantes de la montaña vivir en Coyhaique es todo un privilegio.

  4. Bien, y Felicitaciones!!!!!!, yo siempre digo que la montaña tiene algo que enamora, es una sensacion inigualable de libertad absoluta. pensar que uno siempre esta tan cerca de lo que ama o amò….a seguir conquistando cumbres!!!!!! Felicidades…

  5. el vivir y el haber nacido en la patagonia es un orgullo y privilegio¡¡..saludos y felicidades rodrigo..muy lindas las fotografias, me encantaron.

  6. Gracias Andrés, Chuiquitita y Teresita por disfrutar de esta publicación y sus imágenes; sí Dios quiere, pronto vendrán nuevas experiencias y relatos de vitalidad.

  7. ….el es patagon de raza, con buen corazon….. un soñador que siempre lucho y no ha bajado los brazos……El tiempo paso como el viento cuando sopla en la cordillera de los Andes….no hay forma que aleje de mi cada momento que he vivido junto a ti….desde lentejas machegas…a aeropuertos…..desde pizzas a super 8….puerto montt…Felicitaciones y que alegria enorme que estes haciendo lo que Amas….cada cual por su lado buscando conquistar cumbres….bruji, chiquitita …de mas esta decirte que sabras que marcastes mi vida y la aflorastes con momentos hermosos…..dos corazones . la cordillera…y dos destinos….( Brujita)Felicitaciones y lo mejor de corazon…V…

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