Cuando las montañas lloran


Los alpinistas Jerónimo López y Eduardo Martínez de Pisón alertan de la excesiva presión turística sobre los espacios protegidos y apuestan por limitar los accesos

Olimpiadas de Pekín y un protagonista: la antorcha. En la subida al Everest, el ejército bloquea la ascensión de alpinistas hasta que la llama llegue a la cima. Junto a los soldados armados, en campamentos improvisados a 6.500 metros de altitud, esperan centenares de escaladores, a los que se van sumando nuevas excursiones cada día. Fue desbloquear el camino y «había que hacer colas de varias horas» para cruzar los accesos. Igual que en el supermercado.
Una anécdota «surrealista» que narró ayer el alpinista, geólogo y miembro del Comité Internacional de Investigaciones de la Antártida (premio Príncipe de Asturias), Jerónimo López Martínez, para mostrar la invasión a la que se ven sometidos algunos techos del mundo. Y que corroboró su colega, también enamorado de las montañas y catedrático de Geografía Física, Eduardo Martínez de Pisón. «Son tiempos voraces que consumen montañas. Es necesario protegerlas», dijo.
Pocas cumbres le han quedado sin conquistar al gallego Jerónimo López, que ayer dejó boquiabiertos a los asistentes a una conferencia que impartió en el Auditorio dentro de un seminario sobre los Picos de Europa, con las imágenes de una vida dedicada a estos silenciosos gigantes. López describió con sumo detalle las ascensiones y la posterior bajada, «ese trayecto olvidado» que suele ser el «más duro y complicado». Habló de compañeros caídos, de la congelación en los dedos y de días colgado en paredes verticales. Síntomas de congelación – Describió un Kilimanjaro -‘Montaña que brilla’ en swajili- que se quedará sin hielo en 15 años, un Aconcagua que por sencilla es traicionera, un Tíbet colonizado y habló de los 40 grados bajo cero en una Antártida «sin un alma en 200 kilómetros a la redonda», haciendo que el público se encogiera de frío en sus asientes.
«Es complicado ponerle puertas al campo, pero si la presión llega a puntos extremos, apostaría por limitar los accesos», razonó López. O al menos, no permitir que el coche llegue hasta la cima. Y es que hay agencias que por 50.000 dólares llevan al cliente a la cima.
Martínez de Pisón extendió esta protección a los Parques Nacionales, donde existe una «distonía fuerte» entre zona susceptible de protección y zona protegida. También en Asturias donde la cosa está «mal», afirmó. «La cordillera cantábrica merecería una planificación del territorio nítida» y una «oferta organizada» de turismo para no dejar suelta «a la fiera turística», afirmó.
Calor relativo
Que la Tierra se calienta está claro. Pero este fenómeno es «relativo» y si hay alguien que debe de preocuparse especialmete es el hombre. «Al planeta no le importa si un día tiene una playa aquí y después allá. Eso le importa al que tienen el chalé», comentó López. La acción del hombre ha «acelerado» un cambio en el clima que, según este experto, «nunca ha dejado de existir». Esa mano del hombre es bien medible.
Si desde la Revolución Industrial las estimaciones preveían un aumento de la temperatura de la Tierra en un 0,1 o 0,2, la realidad es que lo ha hecho en un 0,8. La diferencia entre ambas cifras es el resultado de una irresponsabilidad humana. Pero aún existen territorios capaces de «defenderse a si mismos» y uno de ellos es la Antártida, pasión de este geólogo y cuya evolución estudia desde hace años. «No sólo costó descubrirla, sino que sigue siendo difícil estar ahí», comentó. Ayuda, sin embargo, la existencia de un tratado internacional que prohíbe la explotación del continente blanco hasta 2048. Algo que no ocurre en el Ártico, donde el retroceso del hielo ha abierto la veda para la explotación pesquera y de los hidrocarburos. «Espero que se haga de forma sensata», apuntó López.

Fuente: El Comercio Digital

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