DOMUYO DOLOROSO

La realidad tiene la manía casi eterna de presentarse así nomás, sin protocolo, llega y nos cuenta la verdad irrefutable, exactamente como son las cosas.
Hace pocos días he escrito y hace muchos días también. Estos torpes dedos de a poco van ganando un lugar en los teclados mudos, sórdidas extensiones de nuestra mente y sentimientos, gracias a ellos estamos comunicados ahora.
Al grano. Redacté una nota para el portal de Desnivel y lo publicaron, allí hablé de la libertad en las montañas que en realidad no es más que la libertad de los montañistas.
El alpinismo es un deporte tan controvertido, por lo opuesto a las conductas que llamamos normales, propias de nuestro estilo de vida burgués-citadino, consumidor de tecnología y confort. El montañero va más allá, como buscando un atajo entre las sabanas tibias y el cosmos infinito, voluntariamente deja la ciudad y escapando o buscando, se involucra en estos avatares.
Los que se quedan, miran absortos, no comprenden las intenciones ni las acciones de quienes desafían lo imposible.
Somos un grupo pequeño pero activo, dispuestos a sacrificar los paradigmas de nuestro mundo previsible, para encontrar algo, que muy pocos estarían en condiciones de explicar, sobre todo si se trata de deportistas. Algunos, los que han optado por la vía de las guiadas, al menos, tienen la tarifa como una línea pragmática que los une a lo convencional, un gran esfuerzo por un puñado dinero.
Así hemos salido una y otra vez, nos ha ido maravillosamente bien unas veces, otras, hemos vuelto indiferentes y unas pocas, con las marcas más horribles del dolor, tratando de superar la angustia de la muerte que nos pasó cerca, dejando su mensaje de ausencias que sentimos a cada piedra, a cada mosquetón, a cada nudo. Aun así, atados a una cuerda que no nos separará jamás, continuamos el camino.
Un accidente, una muerte, es un hecho irremediable, no hay nada que se pueda hacer, solo recordar, honrar y sufrir.
Si sabemos aprovechar el tiempo, si nuestro corazón es sensible, si nos nutrimos de la tradición montañera de dos siglos y nuestra mente ha estado abierta, habremos desarrollado ideales.
En la autentica escuela de montaña, en medio de las penurias y los días miserables del mal tiempo, se forja el alpinista y sus convicciones, se impregna de la doctrina que nos ayuda hoy, en la catástrofe, en la derrota y en la muerte. Hemos elegido como queremos vivir, y aceptamos en esta elección condiciones extremas y terminantes.
Escribo esto mientras leo las noticias de la muerte de Pablo Letieri, los análisis de los acontecimientos pueden servir para algo o no, ante la caída de un montañero competente, la palabra exacta es: accidente.
Los que se quedan, miran absortos, no comprenden las intenciones ni las acciones de quienes desafían lo imposible.
Por eso están ahí, entre las sabanas tibias, en los sillones recostados, para darnos una explicación, para tratar de consolarnos, para sentenciarnos sin proceso, o para alentarnos a salir una vez más.
Ya estamos por salir otra vez, suenan los hierros colgando de un arnés, vienen los escaladores a buscarme, dejo este plástico cuadriculado, aprovecho para despedirme, elevo una oración simple, saludo sin conocerlos a los camaradas y familiares del caído, conozco esas angustias.
A los demás, buenas noches.

Neuquen 25 de abril de 2008
Toni Travel