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Gauchos Del Mar. Surfeando el Pacífico Americano de norte a sur

Somos Julián (25) y Joaquín (23) Azulay, dos hermanos argentinos.  Hace casi nueve meses dejamos Los Ángeles, California para emprender un viaje soñado.  El de surfear toda la costa del Pacífico americano.  Primero el de América del norte, Centroamérica y Sudamérica, para hacer de los tres un solo recorrido y unir un continente.  Ese del que se lo suele dividir en tres, desde la época contemporánea sin saber bien porque.  Para nosotros era América, como nos dijo una persona que conocimos en Méjico.  El continente de los indios, no el país de Estados Unidos al que ellos mismos se autodenominan América (o en inglés Americans).  Ese continente americano lleno de olas, paisajes y gente increíble que fuimos descubriendo a lo largo del camino.

Fue una decisión tomada por Julián y sostenida por Joaquín (que desde el vamos de su hermano mayor) se sumó a la aventura.  Julián, recibido de arquitecto, decidió, en marzo de 2010, quedarse en EE.UU trabajando hasta julio, comprar una camioneta adecuada para la aventura y arrancar con destino al sur.  Joaquín se sumó tras terminar su cuatrimestre en la Universidad de Buenos Aires, para así dejar el primer mundo estadounidense y cruzar a México el 8 de julio de 2010.  Entramos a Baja California por Tijuana.  Nos enloquecimos con el desierto.  Fue un mes de acampar en acantilados, playas, surfear olas perfectas sin compañía, conocer pescadores generosos que nos alimentaban con la abundancia del océano pacífico, y encontrar la tranquilidad y libertad que uno necesita.  Esa sensación de ser uno, de no tener apuros, de no andar a las corridas, de tener sus tiempos… fue ese alejamiento de la ciudad para así redescubrirnos en la aventura.

Hoy nos encontramos en Perú después de haber recorrido y surfeado por Estados Unidos, México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Colombia, Ecuador y Galápagos.  Nuestro viaje ha sido lejos de las ciudades, por el tema seguridad y la cantidad de personas que hay en ellas.  Elegimos la ruta del océano pacífico.  Allí encontramos todo lo que andábamos buscando: olas perfectas y solitarias, gente humilde y lugares inhóspitos para acampar.  Básicamente era eso, pero también conocimos mucha gente que nos ayudó en el trayecto, con apoyo, con palabras de aliento, otros dándonos alojamiento en lugares inseguros para acampar y hasta nos llegaron a alimentar por el simple hecho de ser viajeros y decirnos que esa mano nos hacía falta.  América es un continente lleno de magia y es eso lo que fuimos viviendo a lo largo del camino…

Nos parecía atractivo contarles lo que hemos vivido hace pocos días por el norte de Perú para que se entienda lo que fuimos haciendo durante los meses anteriores y a la vez viajen un poco con este relato…

Cansados de surfear con 20 o 30 personas las olas de Lobitos y otros picos cercanos, decidimos explorar el desierto del sur de la provincia de Piura.  Una mañana nos despertamos en la carpa mirando las izquierdas romper y estaban más pequeñas que de costumbre.  Sabíamos que en dos días el mar iba a volver a crecer y no queríamos surfear esa ola nuevamente.  Desarmamos la carpa, guardamos las bolsas de dormir, la cocinita portátil, atamos las tablas en el techo y arrancamos.  Tan simple como eso, como ese comienzo de viaje en California, pero ahora al desierto peruano.  Nos habían comentado de unas olas perfectas que rompían con los swells del sur, pero que el acceso era difícil.  También que se necesitaba una 4×4, ir con dos carros por si le pasaba algo a alguno, combustible de sobra y agua en cantidad, ya que allí no se iba a conseguir nada de eso, ni ver a nadie.  La idea era espectacular, curtir la naturaleza en su máximo esplendor.

Salimos para el sur temprano, cargamos nuestros bidones de reserva y llenamos el tanque con gasolina.  Pasamos por un mercado, nos abastecimos con avena para el desayuno; fideos, arroz y frijoles para las demás comidas; y galletas para acompañar los mates.  Con las provisiones y las ganas de encarar al desierto, manejamos todo el día al sur por el asfalto hasta que se cortó en una rotonda.  Para la derecha se iba a un puerto, para la izquierda a otra ciudad a unos 200kms y derecho empezaba la aventura.

Un cartel de Prohibido Pasar de una empresa explotadora de fosfato nos intimidó y su loma de tierra que interrumpía el camino, más aún.  Lo esquivamos por la derecha y continuamos.  El camino era de ripio y arena, con apenas unas huellas marcadas que indicaban el rumbo.  Al oeste había una especie de cordillera que tapaba el mar y por ende había que rodearla para llegar a él.  Manejamos y manejamos, entre charlas, mates, música y pérdidas fueron pasando las horas.  El sol bajaba y el mar no aparecía…  Sólo se veían dunas y algún que otro arbusto triste, a falta de agua.  El paisaje era alucinante, ninguna construcción, sólo desierto que se imponía y no parecía ceder en presencia.  Al rato llegamos a un salitral, un plano grande que pensamos que nos iba a guiar al océano, pero nos equivocamos.  Las huellas se volvían a meter a las dunas y volvían a subir.  Continuamos con la doble tracción, confiando siempre en nuestra camioneta y en que nada malo iba a suceder.  Estábamos solos, hace ya cuatros horas que no veíamos a nadie, desde que cargamos combustible e hicimos compras.

De repente la arena empezó a mezclarse con tierra y el polvo que levantábamos se metía por la ventanas por el fuerte viento que ya se sentía más fresco, indicándonos que estábamos cerca del mar.  Quedaba poca luz y los espejismos seguían engañando. “Mirá el mar”, nos decíamos el uno al otro, pero no.  El ojo quería ver algo que no era.  Pero en uno de esos chascos, vimos una espuma, ya no era el reflejo del agua, sino olas quebrando en soledad.  Habíamos llegado al mar.  Quedaba manejar unos cuantos kilómetros para el norte, donde se encontraban las puntas secretas.  Seguimos bordeando el mar por una huella vieja y malgastada, a veces parecía que la arena blanda nos iba a detener el paso, pero la camioneta no nos iba a decepcionar tan facilmente.

Como a la hora, llegamos a un faro, no entendíamos quien ni cuando lo había puesto ahí.  A los pocos metros, subiendo por el cerro, habían varias cruces dando al mar, fruto de un posible naufragio de pescadores.  Era una imagen fuerte, que tras unas fotos no quisimos quedarnos mucho tiempo por ahí.  Insistimos en encontrar la ola, pero la claridad era escasa, el sol se había escondido en el mar hace unos minutos.  Manejamos un poco entre lomas de piedra, más arena y otro poco de tierra seca.  Decidimos armar la carpa y continuar al otro día.  Cocinamos un arroz con papa y cebolla, le pusimos un poco de curry para darle alegría al plato y nos dormimos antes de las 9 con la panza llena.   La noche extremadamente estrellada había refrescado, el viento soplaba duro y nos metía arena por el mosquitero de uno de los lados de la carpa.  No importaba, estábamos cerca de nuestro destino y rodeados de pureza natural: al oeste el mar, al norte y sur arena, al este una piedra grande que usamos de reparo, pero que de poco servía.

Despertamos con la primera luz y cubiertos por arena que se había filtrado durante la noche.  El sol salía atrás de la cordillera queriendo acalorar la fría mañana.  Calentamos agua, tomamos unos mates contemplando la primer mañana desértica, preparamos unos panes con mermelada y a seguir explorando…

Las llantas gastadas de casi 20.000 kms recorridos seguían por el terreno desértico sin importarle.  Hicimos unos veinte minutos más de offroad y desde un médano alto vimos lo que queríamos.  Una izquierda perfecta que rompía atrás de una punta de rocas y seguía hasta adentro de una bahía larga de arena blanca y desolada.  Fue una sensación de triunfo y felicidad inexplicables.  Bajamos con la chata como pudimos, armamos campamento atrás de un arbusto grande para que nos repare del viento y al agua…

Surfeamos por varios días en soledad, entre hermanos, disfrutando del mar, el desierto y lo que nos daba la naturaleza.  No vimos personas hasta el regreso a la ciudad de Piura, la única compañía era la de un zorro que aparecía al atardecer y mostraba sus huellas cerca del campamento por las mañanas. De noche cocinábamos al fuego y, tras ser bendecidos por los cielos más espectaculares y puros que pueden existir, nos metíamos en la carpa, antes de las 8, a dormir.  A la mañana siguiente repetíamos el ritual, desayuno y a surfear la perfección del desierto.  Fueron días alucinantes que quedarán en nuestra memoria.  De esta manera ha sido nuestro viaje y queríamos compartir este breve resumen con ustedes, aventureros de alma.

Para los interesados, pueden ver más imágenes en nuestra página oficial: www.gauchosdelmar.blogspot.com

Y también seguirnos a través de Facebook en:  Gauchos del mar – Surfeando el pacífico americano.

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Joaquín y Julián Azulay

 

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