Relato del ascenso al PICO POLACO en 1958

Introducción Por Marcelo Scanu

Hablar del amigo y maestro Antonio Beorchia Nigris es adentrarse en la historia del montañismo contemporáneo de gran parte de los Andes. Comenzó la labor cuando gran parte de estas montañas eran vírgenes o sólo poseían ascensos precolombinos. No sólo ascendió estos colosos sino que asimismo estudió su historia, su arqueología y leyendas publicando gran parte de estas vivencias en formato papel. Esta será la primera de una serie de sus notas que publicaremos en formato digital para posibilitar a las nuevas generaciones conocer estas hazañas.
El Pico Polaco es una montaña exquisita de atrevidas formas. Antonio, junto al recientemente desaparecido Edgardo Yacante, lograron la primera ascensión con el obsoleto equipo de la época y con poquísimos elementos. La fuerte dupla cumplió con esta aventura, un sueño hecho realidad con casi todas las variables adversas. Los invito a zambullirse en este relato histórico.

PICO POLACO (1958)

Por: Antonio Beorchia Nigris

Hasta el valle Colorado (enero de 1958)

Fue una expedición de solo 12 jornadas.
No crean por esto que tuvimos los días contados, porque el tiempo fue lo único que nos sobraba. Lo escaso era el dinero y los víveres; por su lado los equipos eran lo que eran: una sola carpita, una pesadísima cuerda de cáñamo, antiguos grampones militares de seis puntas, piquetas con el cabo largo de caña colihue, bolsa-cama casera, un calentador ¨Primus¨ a nafta, zapatones militares…. Las prendas ¨douvet¨ (plumón de ganso) aún no se conocían entre nosotros, y en cuanto a los clavos de hielo, los mosquetones de aluminio, las sogas de perlón, las mochilas anatómicas, o las livianísimas e impermeables carpas de tela ¨goretex¨, como tantos otros equipos que hoy nos ofrece el mercado, entonces ni siquiera los soñábamos.
Eso sí, éramos jóvenes, y la juventud todo lo suple con imaginación, con entusiasmo.

Recuerdo que viajamos hasta Barreal en el jeep de un señor Molina (quien nos acompañó hasta el campamento base), del cual no he vuelto a tener noticias hasta el día de hoy.
Luego, con tres jornadas a lomo de mula, llegamos al valle Colorado, guiados por el baquiano don Lorenzo Gallardo, de Sorocayense, que a su vez contaba con el auxilio de dos ayudantes, cuyos nombres olvidé.
Este Gallardo, viéndome bisoño y por añadidura con acento ¨gringo¨, de
entrada nomás me tomó ojeriza e hizo lo que estuvo a su alcance para
fastidiarme.
¡Ni un mate me convidó durante el viaje!, detalle que llegó a irritarme
sobremanera. En esos años era yo muy impulsivo; a punto estuve – cuando en una rueda me salteó ostensiblemente- de tomarlo por las solapas y sacudirle el polvo …..pero Sergio Fernandez me llevó aparte y me calmó con buenas razones.
Cuento esta anécdota, si se quiere intrascendente, porque de los muchos baquianos que conocí y estimé, solo de éste no conservo un buen recuerdo.

Como decía, el campamento base (léase la única carpa), lo instalamos sobre la margen izquierda del anchísimo valle Colorado, junto al sitio donde acamparon los polacos en el año 1934.
Fueron esos polacos los que intentaron por primera vez escalar el misterioso pico ¨N¨, que años después don Ricardo Faltis rebautizó con el nombre de ¨Pico Polaco¨, en honor a sus descubridores (con anterioridad a 1934 no se conocía la existencia de esta montaña).

Cuesta arriba

El 17 de enero, atravesamos el amplio valle Colorado, a la sazón cruzado por varios brazos del río homónimo, hasta alcanzar las altísimas morrenas frontales de los glaciares de la vertiente Sur del Mercedario.
Superadas las primeras morrenas, nos adentramos entre un caótico laberinto de canales, filos, lagunitas y arroyos que corrían un tramo y desaparecían al rato tragados por las grietas; la capa de agudas piedras que cubría el glaciar, iba adelgazándose a medida que subíamos, hasta que a los 4300 metros aparecieron grandes porciones de hielo verde surcado por profundas rajaduras, donde el tránsito de las mulas se hizo imposible.
Tuvimos pues que apearnos y seguir a pie.
¿Cuánto pasarían las mochilas? ¡Quién podrá decirlo! Nos baste saber que, además del equipo y de los víveres, cada uno de nosotros cargaba un buen atado de ¨cuerno¨ (leña de las alturas), para ahorrar el último litro de nafta que nos quedaba.
Yo nunca había estado tan alto y, con solo diez minutos de experiencia, ya deseaba abandonar.
El mochilón me aplastaba como una piedra de molino y el terreno mismo,
cubierto de lajas cortantes, dificultaba el avance; perdí terreno
rápidamente, y más me atrasé cuando mis tres compañeros ( Sergio Fernández , Oscar Kümmel y Edgardo Yacante), llegados a suelo firme, pudieron avanzar con más soltura.
¨Yo no sigo¨ me dije, y me dejé caer como una bolsa vacía, mordiendo casi el aire, que nunca era suficiente.
Quedé quieto un buen cuarto de hora, mientras el silbar de los oídos se
aplacaba y el corazón retomaba su ritmo normal.
Allá abajo, el baquiano con los mulares solo eran puntitos negros perdidos en la vastedad del valle. Alrededor, los mayores glaciares de nuestra provincia, relumbraban al sol.
Me levanté, tiré con bronca el atado de leña y apretando con fuerza los
dientes, reinicié el ascenso; fue entonces cuando se produjo el milagro: los pulmones y el corazón empezaron a trabajar armónicamente, poco a poco gané altura, y por último alcancé a los demás.
A los 4500 metros acampamos.

Al reparo de las piedras, encendimos un raquítico fuego, cuyo humo gris se arrastraba sobre el suelo como una gran serpiente, para deshilacharse más allá presa del viento.
Luego el sol se escondió detrás de las cimas del pico Polaco, y si bien no era tarde, la temperatura bajó instantáneamente hasta algunos grados bajo cero.
Por más que sopláramos sobre la llama, no conseguíamos derretir la nieve puesta en un recipiente metálico. Cansado, Fernández se alejó un tanto para observar la ruta que seguiríamos el día después, y nosotros entramos a la carpa, para intentar obtener agua con el ¨Primus¨.
Ahí pasamos una noche de perros, sentados la mayor parte del tiempo, bufando a ratos, apretados como sardinas, dos con la cabeza hacia la entrada y dos hacia el fondo.
Al otro día poco fue lo que ganamos en altura, y tanto para variar, la noche del sábado resultó aún peor que la precedente.
Cefaleas, vómitos, sensación de asfixia; nadie cerró un ojo. Por el mismo motivo, nos levantamos mucho antes del alba, con el propósito de intentar la cumbre ese mismo día. Pero Fernández y Kümmel estaban demasiado débiles para seguir.
Entonces con Yacante preparamos una mochilita de ataque donde ubicamos los grampones, algo de agua, unos caramelos, y no recuerdo que complejo vitamínico.
Nada de soga, era demasiado pesada.
En media hora coronamos la cresta rocosa que nos separaba del Polaco. Allí nos sentamos a deliberar: los últimos mil metros de nuestro nevado formaban un formidable cono rocoso, surcado por canalones y corredores cubiertos abajo de hielo y arriba de nieve. Muy alto, un pequeño glaciar pénsil remataba en un casquete blanco que envolvía la cumbre.

Ajustamos los grampones a los zapatos- esos pesadísimos grampones de seis puntas que usaba el RIM22- y nos adentramos entre un mar de penitentes altos como un hombre, duros como la roca, cortantes como cuchillas. Ese infierno de puntas blancas, donde no se podía avanzar si no era decapitándolas¨ con las piquetas, para luego caminar sobre sus crestas, nos hizo perder tres horas preciosas; recién a las 11 alcanzamos la base de un corredor cubierto de hielo, que subía derecho, entre paredes de roca, hasta los 5500 metros.
El primer tramo resultó un hueso duro de roer, pues el hielo derretido y
vuelto a congelar cien veces, había formado una especie de escalera, cuyos escalones inclinados hacia abajo, presentaban los bordes romos y la superficie lisa como un espejo.
Es decir: se trataba de una serie superpuesta de capas de hielo, con una inclinación mayor de 50 grados, que no ofrecía el menor agarre.
Allí notamos enseguida la falta de soga y de algún buen clavo, pero ya era tarde para arrepentimientos.

A golpes de piqueta, tallamos durante dos horas las muescas y los agarres para subir la que llamamos ¨escalera¨, superando un desnivel de apenas 100 metros.
Más arriba el corredor estaba cubierto de diminutos penitentes, sobre cuya superficie los grampones mordían con firmeza.
Continuamos a buen ritmo, esquivando las piedras que las rocas laterales iban descargando a causa del deshielo.
A los 5500 metros el corredor terminó en embudo, que a su vez remataba al pie de una pared vertical. Buscando hacia la derecha, descubrimos una serie de peñones, rodeados de acarreos, que nos permitieron continuar el ascenso.
Nos sentamos sin embargo unos minutos para comer un caramelo y tomar un trago de agua.
Poco después, reconfortados con tan abundante almuerzo, nos adentramos entre los roquedales hasta alcanzar una nueva canaleta cubierta de nieve, cuyo recorrido nos llevó 200 metros más arriba.
Pero la segunda canaleta terminaba abruptamente sobre un balcón, a cuyos pies se descolgaba un gran salto vertical. Imposible nos pareció poder bajar sin soga, e imposible trepar por la cresta rocosa sin clavos.
Nos sentamos sin saber qué hacer.
Ya eran las 15 horas; el cielo se había nublado, camuflando con sus nieblas
la formidable pared Sur del Mercedario. Debajo nuestro, un punto naranja señalaba el último campamento.
Alrededor tronaban los glaciares desprendiendo continuas avalanchas.
¨Y bien- inquirí-¿Qué hacemos?¨.
¨Regresemos¨ contestó Yacante.
¨Quizás convenga bajar algo e intentar un pasaje entre aquellas rocas¨,
repliqué.
Sopesada la idea, descendimos un centenar de metros, nos metimos en los roquedales, y zigzagueando entre un caos de canaletitas y pequeños acarreos, topamos por último con un callejón sin salida: varados sobre una cornisa, con paredes inseguras a un costado que aflojaban piedras a la menor presión, y un salto de muchos metros bajo nuestros pies.
Ya nos habíamos rendido, cuando observamos una incisión en la roca, de unos 30 cm. de profundidad por 50 de altura, que cruzaba transversalmente hacia abajo, para terminar a los pies de una chimenea vertical, cuyo remate no podíamos distinguir.
Animándonos mutuamente, tiramos suertes para saber quien pasaría primero a través de la incisión. Yacante fue ¨favorecido¨ por la suerte. Arrastrándose sobre el vientre, avanzó con mucho cuidado, mientras tiraba al vacío las piedras que impedían su paso. Yo lo seguía maldiciendo por lo bajo el haber dejado la soga en el campamento.
Pero Yacante pasó, ¡ahora me tocaba a mí!
¿Nunca habéis sentido miedo?
¿Nunca habéis luchado con vosotros mismos, empujados hacia adelante por el deber, y retenidos de los fundillos por una atroz angustia?
Así me decidí y pasé.
La chimenea, de la cual no habíamos podido ver el remate, subía
verticalmente unos diez metros, y concluía en una plataforma bastante
espaciosa.
Esta vez no tiramos suertes: era justo que yo hiciera punta.
La roca era mala y los agarres, cedían.
Trepé haciendo contraposición con pies y manos, mientras un diluvio de
piedras se desplomaba sobre Yacante.
“¡Me estás matando!” gritó aquel desde abajo, mientras se deslizaba a toda prisa en la grieta, para no quedar sepultado de veras. Sin embargo no pudo evitar que algunas lajas le produjeran profundas excoriaciones en la cabeza y en las manos.
Por mi lado, no podía ya hacer otra cosa que seguir hacia arriba.
Resollado, procuraba superar esos diez malditos metros reteniendo el alma con los dientes.
¿Qué son diez metros ? Poca cosa en buenas condiciones físicas y en un ambiente normal; sin embargo en aquella oportunidad me significaron el mayor esfuerzo jamás realizado.
Hubo un instante que pensé dejarme caer, para que todo terminara de una vez.
Los pulmones parecían explotar; la vista se nublaba; los brazos y las piernas temblaban convulsivamente por el esfuerzo.
Pero llegué.

Con un empujón final, caí de bruces sobre la plataforma superior y allí
quedé estirado, como muerto.
Solo después de varios minutos atiné a mirar alrededor: ahí estaba la
cumbre, casi a la mano, sin obstáculos visibles que nos la prohibieran.

¡Cumbre!

Cuando Yacante me alcanzó, bajamos juntos algunos metros hasta entrar en el glaciar, que es pénsil entre ambas cumbres, pero suave e inclinado hacia el Este.
Eran las 17. Una nevisca finita caía todo alrededor. Los grampones mordían la nieve dura con sonido de bisagras oxidadas.
Cinco, diez pasos, y un descanso.
Observamos a nuestros pies un abismo de mil metros; la misma curvatura del glaciar -que menguaba con el aproximarse de la cima- producía la ilusión óptica de trepar sobre una enorme esfera blanca suspendida en el vacío.
Después dimos con un rellano atravesado por una profunda grieta; más arriba cruzamos sobre un delgadísimo puente de hielo; luego subimos por la cúpula blanca y nada más.
¡Lo habíamos conseguido!
Pero estábamos demasiado agotados para sentir alguna emoción.
Leves copos de nieve nos envolvían.
No hacía frío, no soplaba una brisa.
Algo más abajo descubrimos algunos roquedales despejados de nieve, donde dejamos nuestros comprobantes de ascensión.
En la primer página de un libro de cumbre, escribimos: ¨Primer ascenso al Pico Polaco, de 6000 metros. Participamos: Sergio Fernandez, Oscar Kümmel, Edgardo Yacante y Antonio Beorchia Nigris. Expedición organizada por el Club Andino Mercedario de San Juan. Domingo 19 de enero de 1958¨.
(Estos comprobantes fueron luego retirados en 1970 por una expedición
austriaca).

El regreso

El regreso resultó peor que la subida. Otra vez lidiamos con la chimenea,
después con los roquedales, más abajo con las canaletas, los acarreos, hasta que desembocamos como náufragos sobre el último corredor.
Anochecía.
Las puntas de los grampones se habían torcido y no mordían bien.
Teníamos los zapatos y las medias empapadas de agua.
Sobre la ¨escalera¨ final,  sufrimos el último gran temor, la última
verdadera dificultad, que sin embargo conseguimos superar incólumes. Ya era noche cerrada cuando nos metimos al fin entre los enormes penitentes del glaciar.
Allí fue el caernos de cabeza entre los profundos surcos helados; allí el
golpearnos la cara contra la durísima nieve; el putear de rabia y el
cansancio; el escupir sangre por los labios partidos.
Cruzado el glaciar, trepamos a cuatro manos sobre un desecho de lajones que se desprendían bajo nuestro peso y nos transportaban hacia abajo entre chispas y entrechocar de lajas.
Así, dos, tres veces, hasta que la Providencia permitió que alcanzáramos un pequeño balcón abierto sobre el vacío, no más ancho de un metro, encerrado entre dos láminas de roca.
Imposible avanzar sin luz, o retroceder.
Desatamos pues los torcidos grampones, nos quitamos los zapatos y las medias de lana embebidas de agua, envolvimos los pies con nuestras bufandas, nos acurrucamos uno al lado del otro y, tiritando, esperamos a que amaneciera.
No había espacio ni para estirar las piernas.
Otra vez nos envolvieron las nieblas y pronto la nieve empezó a repicar
sobre las capuchas de los ¨anoraks¨.
De vez en cuando, el tronar de los hielos en movimiento nos sacaba
providencialmente del sopor que se adueñaba de nosotros.
No había que dormir. ¡No debíamos dormir! Cualquier andinista sabe eso. El que se duerme, como durmió el malogrado Antonio Melone 25 años después sobre el mismo glaciar, no despierta más.
Cuando al fin amaneció, comprobamos que las medias y los zapatos se habían congelado de tal modo, que debimos golpearlos sobre piedras para ablandarlos y podernos calzar.
Media hora más tarde nos echamos en los brazos de Fernández, que nos esperaba con lágrimas en los ojos.

Por: Antonio Beorchia Nigris para NoticiasOutdoor

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