Senderos del Cinchado: para corredores contemplativos y fugaces

Por Rodrigo Antonio Panichine Flores, periodista, corredor de montaña del equipo Tranko Tehuelche.
“A las víctimas del terremoto de febrero, y a las naciones amigas que brindaron ayuda a Chile”

Senderos del Cinchado: para corredores contemplativos y fugaces

Dos semanas de febrero para correr por las montañas de la Patagonia de Aysén. Ese sí que era buen plan. Como hijo apartado de esta madre y bendita tierra, el retorno tenía mi corazón entusiasmado y mis sentidos fluyendo como correntada del río Baker.
Los destinos eran Cerro Pico Sur de Chile Chico, Cerro Castillo, y algún cerro o reserva forestal de la Comuna de Coyhaique. Pero para desconcierto de montañeros, turistas y coterráneos, entre los que me incluyo, la Patagonia nos brindó un “concierto” de ventarrones, lluvia, granizo y nieve en algunos sectores de media y alta montaña, relegando los anhelos por recorrerla a su voluble naturaleza.
La mañana del día 15, cuando por fin despejó, el astro rey me encontró en Coyhaique, con mi equipo organizado al detalle, dispuesto a correr hacia el Cerro Cinchao, cuya cumbre visible (1.360 metros) alentaba mi animosidad desde el 2004. Por ello, luego del almuerzo, a las 14:55 salía de casa de mi padre rumbo al objetivo, con ritmo suave y mirando de soslayo el punto donde quería estar situado en un par de horas.
Mis dos únicas preocupaciones fueron el tobillo derecho que de vez en cuando hacía “click”, y la prevención de un guía, que daba cuenta que en el camino de ingreso a la Reserva Nacional Coyhaique, rondaban dos abominables perros, los que hacían de las suyas con los paseantes. Por ello, templadamente, al tobillo le ordené “grita o detenme ahora, pasado el puente ni los rottweiler me harán regresar”.

Prudencia, criterio y justicia
A las 15:20 llegué a la administración del parque, saludé respetuosamente e intenté esperar mi turno de atención. Entre conversaciones ajenas y multiculturales (locales, nortinos e israelitas) me disculpé por interrumpir, me presenté y avisé que corría un ida y regreso hasta la cima del Cinchao, a lo cual el guardaparque se negó rotundamente, autorizando a todos los allí presentes sólo a recorrer el circuito que bordea  Laguna Verde.
Atendiendo la hora era compresible dicha medida, pese a ello, sobre la marcha de retirada decidí regresar, quité de mi cabeza el pañuelo de confederado y expresé: “caballero, soy Rodrigo Antonio Panichine Flores, nacido, criado y curtido en Patagonia, deseo correr a la cima del Cinchao, nada me va a suceder, tiene mi palabra”.
El guarda, varón prudente, actúo con criterio y justicia. Solicitó mis datos, revisó mi cédula de identidad y luego dijo “vaya bajo su propia responsabilidad”.

Salí de allí raudo, contentísimo, a tranquear 8 km. Comencé a subir el cerro por el sendero Los Leños, compuesto principalmente por ripio y tierra orgánica, presente a lo largo de un bosque de pinos jovenes, donde alcancé a oler además un aroma a frutilla silvestre o especie similar.
Finalizado este tramo enfrenté el primer dilema, un cruce de cuatro caminos. Analicé la situación. Le di 4 segundos a la rabieta y la sobrellevé recordando la ranchera de Los Broncos “Dos mujeres y un camino”. Luego, opté por el más ancho, el de centro derecha. Anecdóticamente, a poco andar me picó un tábano, fui perseguido unos doscientos metros por un moscardón, y casi confundido di con un guardaparque, quien me orientó a continuar por el sendero llamado Piedras.

Flor de sendero, un sueño para los corredores rompe piernas
Este si era un sendero. Colmado de piedras, firmes y corredizas, con pendientes elevadas para quedar mirando el cielo o la copa de los árboles. Con cada tranco me introducía en el bosque nativo. Algunos fueron lentos, como sabio buey, otros con potencia, pese a ir zigzagueando.
Estaba enterado que usualmente el ascenso al Cinchado se realiza en cinco o seis horas, sin embargo, yo me había propuesto cubrirlo en muchísimo menos tiempo.
A mitad de la huella, justo antes de adentrarme a una zona densamente boscosa, de pronto el viento trajo algunas voces. Ello me alegro, pues no estaba sólo en esta travesía. Posteriormente, cuando comenzaba a sentir los primeros dolores de piernas, vi a escasa distancia unos adolescentes que aceleraban su ritmo, variando de caminata a trote y algo de carrera.
Ante ello, por dos o tres segundos me tenté en seguirles el juego y sobrepasarlos, pero fugazmente rememoré un programa de televisión, donde recomendaban a padres y futuros padres jugar y brindar ventaja a sus hijos, pues ello contribuye a la autoconfianza de éstos últimos. Otro registro que irrumpió en mi memoria, fue una metáfora empleada por Nelson Mandela para definir liderazgo, publicada en la Harvard Bussines Review, donde expresaba que “es cuando un pastor permite que una oveja adelantada con una campanilla en el cuello, guíe el rebaño, mientras él camina atrás confiadamente”. Por ello, fiel y consecuente con mis aprendizajes, escogí no sólo  mantenerme distante, sino que en cuanto vi una cascada maravillosa para contemplarla, me detuve y me olvidé de los jovencitos.

Belleza escénica que enmudece el diálogo en Patagonia
De una apacible roca, engalanada con flores trepadoras pendían cientos de hilitos de agua. Este fenómeno natural sirvió para pulir mi audición, de tal forma que con una oreja atendía a escuchar el incesante tic tac  de los goterones, y con la otra oía el suave curso que se iba formando hasta transformarse en un cristalino riachuelo.
Luego de hacer algunas fotografías, reinicié la actividad dando largas zancadas, recorriendo un húmedo sendero que transcurría entre remotas y nuevas lengas. Las primeras, caídas y roídas por el tiempo, hablan al visitante de la fortaleza de ésta especie para desarrollarse en clima adverso, las segundas, yerguen al cielo orgullosas sus grises y barbudos troncos, como seña que recapitula el equilibrio natural en las distintas eras geológicas.
Al salir de esta zona boscosa, de sopetón me reencontré al par de adolescentes, quienes descansaban extenuados sobre la hierba. Antes de pasar trotando por sus costados, uno de ellos me gritó sonriendo “feo el panorama verdad”. Voltee levemente la mirada hacia mi derecha y allí estaba, la panorámica de la ciudad de Coyhaique y sus alrededores empequeñecidos de E a O, cuya belleza escénica enmudecía el dialogo. Algo que suele suceder en la Patagonia de Aysén.

Miradas que reconocen identidades, pasado y futuro
Posteriormente, repuse mi tanque con agua fresca proveniente de una ruidosa vertiente. Acto seguido, me lancé en carrera hacia los últimos trecientos metros que restaban para coronar la cima de la cara sur. Este tramo, de pendiente leve, estaba compuesto principalmente por arenisca y algunos collares  de nieve, nobles ingredientes para condimentar la experiencia de correr por este cerro mirador.
Posicionado sobre la cumbre rocosa, comencé a inhalar y exhalar, alternando miradas, buscando registrar el lugar para siempre en mi memoria. Como aquellas imágenes imborrables de nuestros abuelos, inspiradoras de coloridos relatos, canciones o toponimia, como río El Furioso, Paso la Leona, Cuesta del Diablo, etc. Particularmente, de este cerro atesoré en mis recuerdos: las extensiones chatas de la cumbre, tres piedras de varias toneladas, alineadas en eje de NE a SO, lo misterioso que se proyecta a la distancia el cerro Mano Negra y los altos picachos de la Reserva Río Ibáñez, cubiertos por nieves eternas. Además, la cercanía relativa a las nubes, y el suelo fecundo de la superficie del Cinchado, donde crecen por lo menos, seis tipos de delicadas flores, y otras tantas especies herbáceas y arbustivas.
Seguidamente, establecí que mi llegada al lugar fue a las 17:40 de la tarde,  instantes en los cuales el sol abrasaba con furia, aunque ello no mermó mi ánimo para correr hacia distintas direcciones en busca de cualquier rastro, indicio o especie que despertara mi curiosidad. Supongo que estaba viviendo la exacerbación de la felicidad, liberando la energía que me impulsó a correr hasta allí arriba.

Montañas gentiles y agrestes
Luego, al escuchar el griterío de los jovencitos, más otro grupo que aparentemente se incorporó, calmé mis ansias, guardé las flores que usualmente tomo de las gentiles o agrestes montañas, y me dispuse a descender, cuando recién eran las 19:00 horas.
El descenso fue asombroso. No porque demandara menos esfuerzo físico. Más bien porque la velocidad, la geografía y características del sendero me permitían saltar piedras y troncos caídos, cruzar serpenteando entre jóvenes ganchos, frenar en seco, debiendo aletear como pájaro al borde de un barranco, o doblar impulsándome en los árboles.
Todo lo anterior sumado a que el bosque comenzaba a enfriarse, esparcía un aroma húmedo que contagiaba vitalidad, proyectaba nuevos colores y sombras, para deleite de un ojo contemplativo o fugaz. Estaba corriendo en mi tierra. Corría en la Patagonia de Aysén, y al sobrepasar nuevamente a los jovencitos, uno de ellos volvió a gritar “que le vaya bien caballero”. Corría y sonreía.

 

Rodrigo Antonio Panichine Flores para NoticiasOutdoor

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *