Un trotecito hasta la falda del Volcán Villarrica

Por Rodrigo Antonio Panichine Flores, periodista y corredor de montaña.

 

Corrí  al Volcán Villarrica a saludarlo como amigo

El gigante de 2.847 metros de altura localizado en la Novena Región de Chile

Llevaba días buscando dónde ir a correr. Lo ideal era un cerro pero cercano a Temuco, porque aún estaba temeroso por mi cervical. Un día de aquellos tuve la idea de decirles a mis estudiantes de marketing turístico: “jóvenes, les tengo tarea, realizar un trabajo escrito con exposición, que contenga las indicaciones para acceder a un lugar de intereses especiales promoviendo sus principales atractivos”.

A la semana siguiente, de todas las exposiciones la que más me interesó fue la referida al Parque Nacional Villarrica. Por dos motivos principalmente: Marcelo –su expositor- mencionó que allí habitaba un tipo de aguilucho, y en segundo término, que la reserva estaba a 12 km. de la ciudad de Pucón, con un camino mixto entre cemento y ripio. Sobre esto último le pregunté enfáticamente: Marcelo ¿está seguro que son 12 km. hasta la reserva?. “Sí profesor”.

Seguidamente lo evalué según sus méritos y al finalizar la clase internamente sonreía porque ya tenía ruta para correr y conocer: una reserva, caminos de monte que me llevarían a los pies de un volcán, flora y fauna nativa, y sobre todo esa especie de aguilucho que ansiaba poder avistar. “Todo un festín de experiencias en supuestos 24 kilómetros”.

De ésta forma, la mañana del 26 de septiembre llamé a la oficina de turismo de Pucón para preguntar específicamente por el tiempo y la ruta. Me informaron que estaba despejado y prohibido subir a la cumbre del volcán sin un guía, y que al otro día se celebraba el Día Internacional del Turismo, motivo por el cual tendrían actividades en la ciudad. Dato relevante, pues estimé que mi carrera la realizaría el día 27, como homenaje personal  al  milenario y mediático volcán Villarrica, protagonista del desarrollo turístico de las ciudades aledañas y causante de tantísimas preocupaciones producto su actividad voluble”.

 

Mapa en mano y a correr

Llegado a Pucón, me personé en la Oficina de Turismo de la Municipalidad a las 11:30 de la mañana, me brindaron otros mapas y me señalaron que la distancia desde ese punto a la Reserva eran 8 km. y luego hasta al centro de Ski situado en los pies del volcán serían otros 11 kilómetros más. Me causó algo de risa que una vez más los mapitas turísticos difieran de otras informaciones, pero bueno, “si estamos en el baile a bailar”. Luego concurrí a Carabineros, les hablé de mi plan de correr de ida y regreso a los pies del volcán y mencioné que estimaba regresar a  las 17:00 horas.

A las 12:00 en punto me persigné en nombre de Dios y la Virgen y comenzaba a correr desde una plaza. Avanzando un tramo urbano me encontré con otro corredor a quien le pregunté: amigo ¿por dónde sigo para ir al Villarrica?. Me miró extrañado y respondió: “sigue derecho y luego viras a la izquierda”. Continué corriendo recto y en el cruce de camino volví a consultarle a unos quinceañeros: compadritos ¿por dónde se va al volcán?. “Siga por aquí caballero”, respondió uno, “ante cualquier cruce de camino siempre escoja la derecha”. Me señalaron además que esperaban subir a hacer snowboard y en tono de broma los invité a ir corriendo pero disintieron risueñamente mostrándome sus tablas.

El camino de asfalto era llevadero, pese al calor que se dejaba sentir a mi espalda. Mientras corría tenía de frente las nieves blancas del volcán, escenario que a ratos era manchado por torres de cableado eléctrico. Sinceramente esto me revolvía las entrañas. Sólo pensar que así podría verse mi Patagonia de Aysén con ese cuentito inverosímil de represas y torres de alta tensión conducía mi mente al desaliento. Por fortuna llegado a un punto estas “salpicaduras” desaparecieron, mi conciencia dejó de gruñir, pero aparecieron los primeros síntomas de cansancio.

Luego me di cuenta que llevaba más de treinta minutos ascendiendo y lo que divisaba eran aún más pendientes.  Posteriormente, en el kilómetro cinco que figuraba marcado al borde del camino cronometré cincuenta minutos, muy por debajo de mis rendimientos habituales. Ante esto, rápidamente analicé la situación: Día ideal. Cargaba en la mochila 2 caramayolas de jugo de un litro, tres Super 8, una Negrita, un Capri, un polerón, pantalón de buzo, chaqueta impermeable MS7000 y mi Nikon de combate. ¿Terreno? ¡m m m¡ terreno “malena”, cemento, boche y muy transitado.

Era concluyente. Estos últimos factores me tenían contrariado. Tanto así que por segundos al divisar a un costado unos bolones de piedra negruzca que definían la hidrografía de un río seco estuve a punto de modificar el rumbo y el propósito de mi aventura: de corredor a arqueólogo.

 

Parque Nacional Villarrica, 63 mil hectáreas cuidadas por el gigante que nunca duerme

Llegando al puente del Río seco por fin encontré 20 metros de terreno plano. Luego  otra vez a seguir subiendo. Lo positivo fue que comenzaba trotar por el ripio. Aquí si que corría dichoso. El volcán comenzaba a verse diáfano, el camino se tornaba húmedo y a ratos se estrellaban contra mi cuerpo unas suaves pero frías brisas, las que me provocaban la sensación irreal de chocar contra un espíritu, pues las hojas y ramas del entorno permanecían absolutamente quietas. Respirar y correr a tranco de buey era  una misma cosa. Como cuando corre armoniosamente una hoja  en las aguas de un suave arroyo, haciéndose parte de la corriente.

Contentísimo ingresé a la Reserva Parque Nacional Villarrica. Saludé al guarda parque y luego él me orientó a tomar el camino de la derecha en el desvío que encontraría a 300 metros. Omito el kilómetro exacto de ésta lugar porque soy periodista y serio, y éste dato es ambiguo. De lo que si tengo certeza es que en el mencionado cruce volví a encontrar terreno plano, unos doscientos metros. Un regalo para mi orgullo, motivador infatigable, que no me falló cuando seguidamente vino una cuesta empinada que subí a toda máquina y zigzagueando. Eso sí, casi me detengo al sentir ruido de motor tras de mi, sin embargo me aleoné con determinación diciendo: “que se pongan a la fila, que se pongan a la fila, que hoy va un patagón corriendo”.

Posteriormente, a escasos metros de ascender dicha cuesta vi que un pequeño auto rojo me pasaba por el lado y que desde el asiento de atrás una niñita me saludaba con sus manos. Que alegría y risas me causó ver a esa pequeñita. Pienso que sí en el futuro ella recuerda ese momento, y logra dar con estas líneas, verá que agradecí su aliento.

Sobrepasada “la cuesta matadora” descubrí un improvisado mirador y una recta que descendía unos doscientos metros y luego volvía a subir otros cien, para finalmente perderse entre sinuosas pendientes que emergían como culebras.

“Milongas”. No imaginé que sería así. ¿Qué habré pensado?. ¿Que subir los faldeos del Villarrica sería algo parejito?. “De ningún modo mis distinguidos lectores”. Por muy concurrido que sea y se exhiban sus actividades en diversos contextos informativos y recreativos, una cosa es subir en auto, y otra muy distinta es subir corriendo.

El bosque que pinchó mis dedos

 

Bastante extenuado llegué al Centro de Ski a las 14:20 horas, y proseguí corriendo. Primero por el barro y luego por la nieve otros 500 metros más, pues quise probar mis zapatillas Grizz Tooth; escogí las nieves más sombrías y firmes como recomienda mi padre y “metí trancos cuesta arriba” hasta lo visiblemente razonable, pues me sentí observado por los concurrentes, quienes estaban embutidos en sus trajes térmicos, en cambio yo vestía short y  manga corta. Por ello, a las 14: 30 me vestí para la ocasión, y con chaqueta y gorro saludé al Volcán Villarrica en el Día Internacional del Turismo, luego muy bajito le susurré a lo general MacArthur: “volveré”.

El regreso fue un deleite con nuevos colores y perspectivas. Por ejemplo, iniciando el descenso volví a encontrarme con los quinceañeros, quienes me saludaron mientras estaban literalmente tumbados en la nieve. Más abajo, mientras corría y me quitaba la chaqueta mi vista se enfocó en un punto situado al lado derecho del camino, que resultó ser un “monito de nieve”, cuya expresión decía “gracias por la visita, por favor llévese su basura”.

Tranco abajo aparecieron los dolores de pantorrillas producto de ir frenando. Intenté mentalizarme que tendría 19 km de constantes dolores cuando súbitamente diviso dos colores exquisitos entre la vegetación, más bien era una degradación cromática que iba del amarillo hasta el rojo. Me detuve frente al singular arbusto  y con arrebato di un brinco para alcanzar sus ramas, obteniendo flor de ensartada entre sus espinas. Creo que estaba señalado. Algo así tenía que sucederme. No podía salir de la reserva tan victorioso y sin ningún rasguño. Así me hermané con el monte vegetativo del Villarrica. Por lo demás, el ensayo y error es parte del aprendizaje científico y de la vida misma.

Finalmente, durante las dos horas que me llevó descender se me atravesaron unos loros, una polilla y un moscardón, pero del supuesto aguilucho que habló mi estudiante ni sombra. Por el momento todo anda bien en las clases, y quedó como anécdota la cantidad de kilómetros hasta la reserva, pero en diciembre, en el periodo de exámenes, probablemente le pregunte por  el aguilucho.

Rodrigo Antonio Panichine Flores para NoticiasOutdoor

Un comentario sobre “Un trotecito hasta la falda del Volcán Villarrica

  • el octubre 29, 2009 a las 5:15 pm
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    Muy buenas las fotos.
    En realidad es un excelente lugar.

    El fomento del deporte es importante para mantener un cuerpo saludable.

    Saludos

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