Persiguiendo los rastros del tiempo, entre el valle Jeinimeni y esbeltos guardianes de roca milenaria. Chile

54 km totales de carrera, ida y regreso en la Patagonia de Aysén, Chile.

El simbolismo soplaba como viento en mi espíritu. Los días en Chile Chico jugaban a ser amigos y enemigos de una posible carrera por los cerros. Allí arriba, el Picacho y Pirámide conocían de mi tentación por conquistar tranqueando en una jornada El Pico Sur, o bien, recorrer por tercera vez la desconocida Cueva de las Manos.

El primero, ofrece extensos montes, abundantes fósiles marinos, y una cumbre que presumo, brinda excelente vista al lago General Carrera. A su vez, el trayecto a la cueva, implicaba un reto de pendientes distribuidas en pampas, huellas, piedra suelta y roca milenaria de gran belleza, sobre todo, me permitiría  ver las pinturas rupestres cuya data se estima en 7000 años.

Pero como mencioné anteriormente, el simbolismo soplaba como viento en mí ser, y eran insoslayables sus señas. Personas jóvenes fallecidas recientemente, ríos turbios y caudalosos a raíz del deshielo tardío, atardeceres oscuros, y una notoria ausencia de pájaros y árboles en el poblado.
Recuerdo haber estado hablando de mi regreso al norte, (Temuco) cuando luego de probar un trozo de salmón dije a la tía Tere “voy a correr hasta la Quebrada Honda, si ando con buen tiempo prosigo a la Cueva de las Manos”. Sentía que no podía empequeñecer ante los augurios, que mi sentido de responsabilidad y voluntad estaban a la altura de esta travesía. Fue precipitada la decisión, pero eran mis pagos, y las demostraciones de cariño de los paisanos durante mi corta estadía, conformaban una bendición con sabor a mate, menta y calafate.

Conocimiento, carga y acción
Para que voy a andar con medias tintas. Sabía perfectamente que tenía piernas, cabeza y corazón para llegar bastante más allá de la Quebrada Honda. Por ello, cuando la tía  se ofreció para ir a buscarme a mi regreso, acepté sin precisar acuerdo alguno, pues podría requerir su colaboración sólo para un tramo corto y cercano. El único factor de incertidumbre, fue la puesta de sol, que en el poblado es cálida,  y en los cerros de golpe se torna fría. Muy fría.
Al margen de lo anterior, en menos de 10 minutos organicé mi pequeña mochila Salomón: cámara fotográfica todo terreno, dos caramayolas de jugo Sprim sabor naranja y manzana, dos Super 8 y un Koyac que usaría como último recurso en caso de quedar sin agua.
A las 14:30 salí de casa, afirmando que pretendía regresar entre las 21:00 y las 22:00 horas, que rodearía por detrás de la Cueva del Indio hasta el aeropuerto, y posteriormente correría sólo por el camino, lo cual ratifiqué más tarde en Carabineros.
Inmediatamente al salir de la Comisaría, anticipé la ruta en mi mente, formando un mapa con dos subidas largas y arenosas en la Cueva del Indio, dos rectas prolongadas pasado el aeropuerto, y luego tres pendientes inclinadas y extensas que me dejarían mirando el cielo. El resto era sólo paseo hasta una bajada sinuosa de casi dos kilómetros, que finaliza justo en el Puente de la Quebrada Honda.

Tranqueado frente a mis cerros
Después de sobrepasar las cuestas arenosas, mantuve un tranco confiado y ágil, logré comunicarme con mi hermano Marcelo y también con mi papá. Este último sugirió un atajo que deseché argumentando que había avisado previamente mi ruta.
Terminando de hablar con mi padre, sentí una presencia animal tras de mi, y al voltearme, constaté que era seguido por un pequeño perrito, al que hablé amistosamente: “hola cabezón, voy re lejos, hace calor y no te puedo llevar, así que regrésate a casa”. Al no convencerlo, en la segunda oportunidad le grité enérgicamente: “te fuiste a tu casa, o te corto las bolivianas” y el pobrecito, literalmente arrancó despavorido perdiéndose entre los verdes duraznillos.

Posteriormente, cuando llegué al primer puente, me causó extrañeza que el agua corría más clara de lo informado, aproveché de mojarme la cabeza, brazos y piernas, y en lenta carrera, subí la cuesta que bordea la pequeña gruta de la Difunta Correa.
Más tarde, fui notando que el sol comenzaba a quemarme paulatinamente mientras ascendía, principalmente en el cuello, aunque esto no mermó mi ánimo, ya que corría frente a dos cerros que siento como hermanos, el Pirámide y  Picacho.

Las subidas de la Quebrada Honda
Por momentos analizaba el correr confiado por lugares que otrora consideraba lejanos, cuyos ambientes, brindaban una singular tranquilidad y amplia variedad visual, entre las abruptas cumbres, y la estepa patagónica. Sumergido en estos diálogos visuales estaba, cuando me topé con la primera subida rompe piernas.
En el acto descarté cubrirla a pasitos de buey, más bien fui preparándome para correr a “carga de bayoneta”, cuando súbitamente relinchó un caballo moro mal atado en un cerco. Me detuve en seco, y no me gustó lo que vi.
Debo confesar, que sólo por decencia, y compartir algunos valores del paisanaje, lo mantuve amarrado bajo el sol y no lo largué al monte, pero reitero, estuve bastante tentado.

Luego, con desagrado, a paso de buey ascendí esa y otra cuesta, hasta llegar a un valle donde existía plena quietud, pese a ello, me intranquilicé al aproximarme y dimensionar la tercera pendiente, la que defino gráficamente como camino al cielo, cuyo sacrificado ascenso, me brindó la posibilidad de hacer algunas tomas de primer plano a una tórtola.
Posteriormente, me encontré con Molo Barrera, un vecino de mi barrio que bajaba montado a Chile Chico, quien me expresó que el río Jeinimeni corría bastante turbio. Le mencioné al caballo moro para que “le diera un ojo”, y luego como soplado por el viento, corrí a prisa por una recta, observando el valle SE del río, correspondiente a Argentina, y sendos picachos multicolores en el SO, los que flanquean la Cueva de las Manos.
Es decir, había llegado al punto más alto del primer tramo a cubrir; pronto tuve que descender en veinte y tantos minutos lo subido en casi tres horas. De esta forma, a las 17:00 horas estaba en el puente de la Quebrada Honda (25 km) colando con un jockey sus aguas turbias, pues aún tenía vitalidad para proseguir cerro arriba, y luego, regresar en horario prudente. Eso si, el dibujo de este nuevo tramo era distinto, implicaba sólo ascenso, huella espinuda, ceniza, arena, roca firme y también corrediza.

Los esbeltos guardianes de roca que miran al Jeinimeni
Muy envalentonado comenzaba a subir, cuando observé un hilito de humedad al costado del camino, enseguida, más arriba, sentí un fuerte olor a animal que me hizo sonreír,  pues por experiencia, sabía que me había topado con una diminuta vertiente, donde bebí y guardé agua refrescante y cristalina. “Ojo, al retirarme de este lugar, descubrí en el barro, un rastro de cuatro dedos, profundo, y más grande que el de un perro”.

Luego de esto, salí al valle, donde noté en mi rostro, una tenue brisa proveniente de la Reserva Jeinimeni y sus cordones montañosos, y al mirar al O, aprecié tres grandes cerros de color rojo, blanco y azul.  Sabía perfectamente que cual de ellos me llevaba a la Cueva de las manos, pero escogí correr a los cerros blanquecinos, esperando conocer nuevas perspectivas fotográficas.

Encaré estos cerros literalmente “como caballo a galope tendido”. Desconocía donde iba a ir a parar, sobrepasé laderas y rodee tres picachos, con esa mezcla de carrera y arañazos de tierra y rocas, ensimismado en la felicidad que ello me brinda desde la infancia.
Después de una hora de carrera ascendente, de pronto sentí, como si el eco de mi corazón rebotara en las piedras. Sonaban mis pasos, se reducía el espacio, y aparecía el vacío. Detuve el tranco, busqué un lugar seguro y abierto al valle, y grité a las cumbres buscando su resonante eco: “Hetairo, Piñera,  Panichine y Patagonia, que sintetizan, el anhelo por encontrar a mi perro desaparecido en Coyhaique en 2005,  mi candidato presidencial y mi determinación para regresar a trabajar por mi tierra.

Aquello era fascinante de contemplar, estaba entre esbeltos guardianes de rocas, y era un privilegio asistir a su presencia, pues no encontré ni un indicio de huella o excremento animal a esa altura, la que estimo 1300 metros sobre el lago. Más tarde, deseoso de ver sobre mis narices, tuve la mala ocurrencia, de trepar a uno de estos centinelas del territorio tehuelche, logré mi propósito, pero el descenso fue bastante trabajoso, “sencillamente, para el olvido”.
Posteriormente, mientras exploraba, escuché desde los cerros azules, el relincho de un guanaco. Miré la hora, cerré los ojos, y dejé que mis oídos indiquen la localización del animal. Hoy, mientras rememoro y escribo estas líneas, pienso que sí Dios camuflo ese bicho tras un cerro, “en buena hora”, porque la provocación por correr junto a él me consumía.

Eterno amor secreto
Comencé el descenso a las 19:00 horas, silbando la melodía Mi eterno amor secreto, de Marco Antonio Solís, pues tranco a tranco, iba descubriendo como las flores resplandecían sigilosamente entre los neneos y coironales. Ciertamente, las flores recreaban un jardín secreto, que perdura eternamente.
Más abajo, los cernícalos, revoloteaban sobre mi cabeza y por los costados, como adivinando que la cámara, no tenía batería para fotografiarles su espíritu natural y desconocido jolgorio.
Luego, cuando llegué al camino, intenté hacer un llamado a casa para avisar mi posición, pero por temas de cobertura, mi Nokia sólo captaba señal Argentina. Una hora más tarde, a mitad de la cuesta de la Quebrada Honda, la situación se repetía y me preocupé, ya que el sol se escondía, al mismo tiempo que llegaba el frío.

Con mente fría y calma volví a correr velozmente, y minutos antes que se valla la luz, vi cuando un zorro, más amarillo que colorado, se atravesaba en el camino, el que luego de reaccionar a mi silbido, continuó su carrera hacia el valle E del Jeinimeni.
De aquí en adelante la situación pintó color de hormiga. Pensé en lo pertinente y lo hice. Sí no podía marcar local o larga distancia, tal vez esa señal extranjera, me permitiría enviar msn. Escribí un mensaje con detalles de mi posición, y un tranquilizador May Day que envié a mi hermano Marcelo y a mi padre, aferrándome a la fe en Dios y a la Virgen. Funcionó, pues a los cinco minutos, “mi hermano, al que llamo cariñosamente zorrito, logró hablarme algunos segundos y perdí señal, pese a los esfuerzos posteriores.

Más tarde, como a las 23:00 horas llegué a casa,  luego de estar dos horas y media corriendo cerro abajo, por más de 25 kilómetros, con frío y sin luz. Indudablemente, se venían serías explicaciones y disculpas a mis familiares, aunque ellos entienden, que nuestra Patagonia es así, acoge a sus hijos y trasciende los tiempos del hombre.

 

Por Rodrigo Antonio Panichine Flores, periodista y corredor del equipo Tranko Tehuelche.

Dedico este artículo a mi madre Edith por incontables razones de bondad, y a mí tía Cristina por decirme “escritor”.

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