10 años después, sigue la polémica por las momias del Llullaillaco

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Son los restos prehispánicos mejor conservados. Su exhibición en un museo salteño a partir de 2007 es tan cuestionada como la expedición que los halló.

Los tres jóvenes caminan por la Puna rumbo al volcán Llullaillaco, a 6.730 metros de altura. Salieron desde Cuzco hace un año, la capital del Imperio Inca. Siempre a pie. Arriba, los 30 grado bajo cero serán su sentencia de muerte.

El frío atraviesa su mejor vestimenta preparada para la celebración de Capacocha, obligación real para con los dioses en el período de cosecha. Serán abandonados en la cima del volcán como ofrenda a los dioses.

En 1999 una expedición liderada por Johan Reinhard y compuesta por 14 personas, seis argentinas, encontraron a tres momias niños en la cima del volcán Llullaillaco, ubicado a 510 kilómetros de la capital de Salta. Son conocidas como “la niña del rayo”, “el niño” y “la doncella”.

Con 500 años de antigüedad, se trata de las momias prehispánicas mejores conservadas con un valor científico incalculable. Son una ventana en el pasado en temas médicos, antropológicas, sociológicas, etnológicas e históricos de la cultura incaica.

Ahora se exhiben en el Museo de Arqueología de Alta Montaña (Maam) en Salta. El museo es tan polémico como lo fue la expedición de la fundación National Geographic que las bajó del volcán. Algunos pueblos originarios resisten que se muestran sus ancestros. Parte de la comunidad científica también.

La exposición de las momias en el Maam va rotando. Comenzaron con “La doncella” a partir de agosto de 2007. Ahora se exhibe “La niña del rayo”.

Parece dormida. Está sentada con las piernas flexionadas. Su piel brilla con la luz violeta que la protege en una especie de cofre con ventanas. El ambiente es lúgubre y despierta diferentes sensaciones: curiosidad, morbo, impresión, asco, ternura, lástima, bronca.

“Además de la sala de exhibición, hay un laboratorio para la criopreservación. Están a 20 grados bajo cero. El ambiente tiene un 97 por ciento de nitrógeno”, cuenta Miguel Xamena, director del Maam.

Se trata de imitar el sitio donde fueron halladas para evitar que el oxígeno y los microorganismos deterioren los cuerpos. Esas condiciones extremas a más de 6.700 metros de altura fueron las que realizaron el trabajo de momificación ya que los cuerpos no fueron tratados con ninguna sustancia química para conservarlos.

Desde que se exhiben las momias, las visitas al museo se han triplicado. “Ha venido muchísima más gente. En enero hubo 1.200 visitas por día. Antes (de las momias) no llegaban a las 400”, dice Xamena.

Para lograr que se exhibieran se debieron sortear cuestiones tecnológicas, pero también políticas. Muchas gente se opuso.

Sobre esta polémica, el director asegura que los pueblos originarios de la región nunca se quejaron. “Trabajan con nosotros y nos ayudan a custodiar los sitios arqueológicos en los cerros. Sí tuvimos problemas con los representantes de pueblos originarios del sur. Los mapuches tienen sus propios argumentos sobre cómo conservar a sus antepasados”, agrega.

Julio Cruz, cacique de Tolar Grande, el último pueblo de la Puna salteña, está de acuerdo con el museo: “Participé de cuando se inauguró la exhibición. Las comunidades de aquí están contentas con el museo. Pero tememos que se escalen otros cerros y los saqueen”.

Julio acompañó a los arqueólogos que descubrieron las momias en 1999 y recuerda ese episodio con tristeza. “Muchas veces fui a dejarlos en la base del cerro, pero nunca pensé, ni nadie del pueblo, que iban a sacar las momias”, recuerda.

En tanto, Xamena asegura que las momias no pueden volver a su sitio porque significa abandonar el patrimonio. Pero, ¿por qué exhibir los cuerpos?

El director del Maam entiende que es obligación del museo mostrar las momias con el mayor cuidado posible (no se hace publicidad, por ejemplo) y que son las personas las que deben decidir si verlas o no.

Parte de la comunidad arqueológica argentina se opone. En el XV Congreso Nacional de Arqueología Argentina de 2004 se alertó sobre “la no-exhibición de los cuerpos de Llullaillaco y todos los restos humanos que se encuentren en colecciones de museos del país para respetar la sacralidad ancestral de los restos humanos y sitios indígenas”.

En su momento, el ex director Nacional de Patrimonio y Museos, Américo Castilla indicó:“Se debe tener especial cuidado en no oponer a la ciencia con la sacralidad y sobre todo no hacer uso de la sacralidad para satisfacer la curiosidad de los turistas que visitan los museos”.

Fuente: La Voz

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