Invierno en Calafate

Calafate

El Calafate con temperaturas bajo cero y fuera de temporada, se impone la belleza de uno de los sitios patagónicos más turísticos. Navegación por el Lago, trekking sobre el glaciar y 4×4 en la nieve.

En un rato comienza a nevar, anuncia Gastón, mientras conduce su remis por las calles de El Calafate. La mirada se eleva a través de la ventanilla. Un cielo gris plomizo tiñe la ciudad de un color uniforme. La predicción se cumple, no pasa una hora que enormes copos de nieve comienzan a caer. Es así, los lugareños saben mucho del tiempo y sus razones. Algo tan difícil para un citadino que depende de los pronosticadores profesionales. Aun con nieve y una sensación térmica de dos bajo cero, Calafate es una ciudad que permite visitarla en invierno, un buen stop de dos o tres días para disfrutar de un paisaje totalmente diferente al de la temporada alta beneficiada por temperaturas más benevolentes.

La recorrida a pie por el centro descubre un pueblo de casas bajas y calles anchas. Los árboles no abundan. La estepa patagónica carece de ellos. Los pinos que fueron plantados prolijamente en el boulevar de la calle principal, la Avenida del Libertador, hacen un estoico esfuerzo por lucir su verde oscuro entre los álamos que se salpican aquí y allá y que, en esta época, sin hojas, parecen una especie de esqueleto vegetal que se eleva hacia el cielo.

El Calafate

El pueblo está emplazado al pie del cerro Calafate y a orillas del lago Argentino, a sólo 185 m.s.n.m. Actualmente, viven más de 20 mil personas, en 2001 vivían unas 6 mil. «La creación del nuevo aeropuerto le dio impulso a esta ciudad«, aseguran todos. Un abanico de visitantes de alrededor del mundo se abre ni bien se pisa el suelo de esta parte de Santa Cruz. Españoles, italianos, japoneses, los infaltables brasileños, amantes del clima frío patagónico y, a partir del último año, muchos latinoamericanos, colombianos, mexicanos y venezolanos. Sin duda, todos esperan ver la gran atracción del lugar el glaciar Perito Moreno. Tal vez el más mediático, pero no el único. En el parque nacional Perito Moreno hay más de trescientos, pero son muy pocos los que se visitan. El Perito Moreno, a unos 80 kilómetros de Calafate, es el más imponente, con un frente de 5 kilómetros y una altura de más de 60 metros sobre el nivel del agua. «No hay otra parte del mundo que tenga tierra a esta latitud«, explica Mariano Romani, guía turístico de la empresa Tolkeyen, mientras la combi viaja hasta el Puerto Bajo las Sombras para tomar el catamarán.

Eternidad helada

«El hielo hizo ciudades elevadas sobre una aguja de cristal«. Es una de las tantas frases que se leen en el museo Glaciarium. Es de Pablo Neruda. Esa ciudad elevada que es el Perito Moreno tiene un poder hipnótico, no se puede alejar la vista de él mientras el catamarán navega por la pared sur del glaciar. Armando, un turista mexicano, destapa una botella que trajo en su mochila y le pide al marinero que le dé un trozo de hielo de los que flotan por el lago Argentino, el cuarto más grande de América del Sur. «Es el sueño de mi vida tomar este whisky de 24 años, con un hielo de miles de años, ya me puedo morir tranquilo«, asevera mientras termina su copa con emoción, que no es para nada artificial.

Pero, todavía queda lo mejor, la vista imponente de la pared norte, donde a través de las nuevas pasarelas se llega a la panorámica del Perito Moreno. El perfil creativo de la naturaleza. Para quien visitó este glaciar en verano, descubre que el color del invierno le da un toque místico. Ahí, en el medio, desde el segundo balcón de las pasarelas, despliega un color que aún a fuerza de querer definirlo no se puede. Azul celeste, blanco azulado, turquesa cielo.

El glaciar está vivo, late, cruje y se mueve imperceptiblemente, se transforma a cada instante. Frente a él sólo anida un deseo. Un trozo cae desde los laterales. El estruendo hace girar la cabeza a los distraídos, los que están atentos logran captar esa explosión de la naturaleza con sus cámaras. Un instante y miles de pedazos de hielo caen con violencia al agua del lago, que los entendidos definen como «leche glaciaria«. El deseo está cumplido.

Pioneros y originarios

La pregunta, «¿sos NYC?», o sea nacido y criado, casi siempre tiene la misma respuesta. «No, soy de…», y esos puntos suspensivos se pueden completar con los nombres de todas las provincias, incluso de Uruguay. El efecto turístico que cobró la villa en los últimos años hizo que muchos se radicaran aquí en búsqueda de trabajo o negocios. Son los VYQ, los venidos y quedados.

Pero entre tantos VYQ, hay algunas mujeres que sí pueden decir que son de allí, son verdaderas pioneras, son mujeres patagónicas. Buscarlas no es difícil, sólo hay que preguntar su nombre. «Allí, a la vuelta de la esquina, en una casa que está al fondo, adelante tiene unos árboles«. La descripción es perfecta, al 800 de Gobernador Moyano, se encuentra la casa de Julia Pantin. La puerta se abre y la invitación a entrar no se hace esperar. Julia es una coqueta señora de 95 años, de pelo blanco y memoria prodigiosa.

Tiene el orgullo de ser la primera mujer que nació en el pueblo y también el de recordar y contar como si fuera hoy esos comienzos. Su padre José Pantin vino a la Argentina desde Galicia (España) y fue el primero en poner un hotel en Calafate, donde crió a sus 10 hijos. Hoy una calle tiene su nombre. «Mi papá vino en 1913. Estaba nuestra casa y una o dos más. Había una familia de descendientes, los Echeverría, y después vinieron otras familias más, una era aragonesa. No había nada en ese momento. El hotel tenía 6 habitaciones, pero nunca se completaban, salvo para las fiestas del 25 de Mayo o 9 de Julio que venía la gente del campo«, rememora. Su relato lleva a un pueblo casi desierto, donde se podía esquiar desde el faldeo, «vino un médico alemán y nos llevaba a esquiar«. En esa época tampoco se hacía dulce con el fruto del calafate, hoy producto regional, «eso vino después«, cuenta Julia. Recién el 7 de diciembre de 1927 se le dio la categoría de núcleo urbano.

Quizás lo anecdótico de toda su historia, que desgrana con lujo de detalle, es que conoció al glaciar ya de grande. «Porque en esa época se iba solamente a caballo y yo trabajaba en el hotel. Hace unos años, fui una vez que rompió, había muchos japoneses con carpas, que no se iban ni de noche ni de día«, comenta asombrada.

Esther Westerlund, de 80 años, tiene la casa de té «La Zaina», ahora a cargo de una de sus cuatro hijas. El papá de Esther vino desde Finlandia y se instaló en El Chaltén, ella se mudó al Calafate en 1976. Entre sus recuerdos hoy se queja de la «indiferencia de afuera«. «Antes nos saludábamos todos«, remata y reconoce que el «extranjero que viene quiere comunicarse«. Para estas damas la memoria es el lugar donde anida el pasado, y charlar con ellas es un viaje a él.

Fernando Arteaga Thompson es fueguino, su relación con Calafate es de toda la vida, pero desde 1998 vive permanentemente. Su relación con la madera de la lenga viene desde que era niño. Fernando hace tallas en lenga. «La especie de árboles Nothofagus nacen, crecen y viven en el Hemisferio Sur. Pero el Nothofagus pumilio, la lenga, sólo vive en Patagonia«, se enorgullece.

«Me pierdo un rato, ando paseando contemplando el horizonte y las maderas me llaman«, explica sobre cómo realiza la recolección de los pequeños troncos. Hoy tiene su local en el centro del pueblo. Una pila de certificados de origen da cuenta a los lugares que viajan sus esculturas en madera. San Pablo, Barcelona, Caracas, Perú, hasta Grecia. La lista es extensa.

«Mi bisabuelo era londinense, mi abuelo escocés, mi mamá y mi papá nacieron en Tierra del Fuego, un tío abuelo era originario, tengo sangre Ona. Y esa mixtura se da, si son familias viejas se da«, sentencia. Arteaga es un fiel defensor de la cultura patagónica. «El bosque de lenga, el fruto del Calafate, el arte rupestre, que es el más antiguo de América –por eso la Cueva de las Manos es tan importante– y la antigua cultura de los chonques. Ésas son las cuatro cosas de la cultura patagónica, el resto es cuento chino. Esas cuatro cosas tienen la presencia profunda de la Patagonia«, sostiene. Desde un estante, la talla del rostro de un poblador originario mira entre las vetas raras de la lenga.

Por Susana Parejas (Desde Calafate) – Fotos:  Secretaría de Turismo de Santa Cruz y Susana Parejas.

Gentileza elargentino.com

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