La Argentina inexplorada Calilegua Jujuy

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FOTO: Daniel Pessah

Una selva entre las nubes

LNR se internó en el Parque Nacional Calilegua, un oasis de biodiversidad a 30 kilómetros del circuito de la quebrada de Humahuaca. Viaje a un bosque en las alturas cuyo soberano es el yaguareté, y donde se refugian otros mamíferos en riesgo de extinción y casi 300 especies de aves

Libertador General San Martin, Jujuy.– Verde intenso. Verde exuberante. Más de 76.000 hectáreas de verde selva húmeda y subtropical y, bajo el verde, la fauna. El rumor constante de los coyuyos y de los pájaros. El aire espeso, el suelo blando y resbaladizo. El bosque inmenso y casi virgen.

Verde Jujuy. El verde insospechado de la provincia conocida por su Puna, por la foto de un cactus erguido sobre la nada. Por la aridez colorida de la Quebrada, que –cuesta creerlo– está a menos de 30 kilómetros a pie o a caballo por los cerros.

El Parque Nacional Calilegua está situado en el sudeste jujeño, y en su extensión alcanza los 3600 metros sobre el nivel del mar. Fue donado en 1979 por la empresa Ledesma, que durante años le dio nombre y justificación a esta ciudad de 44.000 habitantes, forjada en torno al ingenio azucarero. Calilegua es un reservorio de biodiversidad y de cuencas de agua, que la empresa canaliza para el riego de sus plantaciones. El parque a su vez es parte la Reserva de Biosfera de las Yungas, creada por la Unesco en 2002 y que ocupa 1.328.000 hectáreas.

En las alturas de las serranías, la lluvia crea diferentes microclimas. Las características de la vegetación cambian así a medida que se sube la pendiente: la selva pedemontana (de los 500 hasta los 700 metros), o de palo blanco y palo amarillo; la selva montana (hasta los 1500 metros), que recibe las máximas lluvias y donde predominan los árboles que no pierden follaje en el invierno, y el bosque montano (hasta su máxima elevación), también llamado nuboselva, porque lo cubre una espesa cortina de niebla.

“En verano, y a comienzos del otoño, el bosque es envuelto por las nubes, que al contacto con la vegetación se condensan y provocan un fenómeno conocido como lluvia horizontal. Así se genera el agua que hace que haya recursos hídricos disponibles todo el año”, explica nuestro guía, el guardaparque Norberto Tomás, en un alto que hacemos para disfrutar de la vista desde uno de los miradores del camino.

Señor del monte

El rey de esta selva es el yaguareté. Se lo considera en peligro de extinción, por lo que ha sido declarado Monumento Natural Absoluto. Temido y amado como corresponde a los grandes monarcas, es raro que deje ver de sí más que sus huellas. El equipo de LNR se internó en la selva para buscarlo, incentivado por la aparición de una cría sobre la ruta provincial N° 83 –de tierra–, que atraviesa el parque. En la mañana de nuestra excursión, los guardaparques habían encontrado vacía la jaula en la que habían puesto al cachorro. Era liviana, para que si su madre regresaba por él pudiera moverla y recuperarlo. Confiaban en que así había sido, y en que la familia de tigres americanos todavía estaba cerca.

Antes de iniciar la caminata, nos advirtieron que, frente a un yaguareté, es fundamental permanecer erguido y mostrarse tan alto como sea posible, con los brazos extendidos, gritar o rugir, y jamás darle la espalda. Pero el “señor del monte”, como también se lo conoce aquí, ya no iba a mostrarse en público esa semana.

Este felino no es la única especie amenazada que habita el parque. El tapir, la taruca, el guacamayo verde, el loro alisero, el ocelote y el zorro gris serrano también se refugian aquí, junto a otras cien especies de mamíferos, 30 de sapos y ranas, y casi 300 de aves que hacen de Calilegua un destino obligado para ornitólogos argentinos y extranjeros.

En los alrededores del parque viven comunidades de ascendencia coya y guaraní. Estos habitan sobre todo los pisos más bajos del bosque, mientras que los primeros viven en pequeños poblados sobre las zonas altas.

“Nosotros trabajamos para incorporar a la comunidad. Nuestro fin no es que el parque sea una isla verde de biodiversidad en un contexto de entorno modificado, donde el hombre quede afuera”, dice Tomás.

A 18 kilómetros del límite del parque, por el cerro, se encuentra San Francisco. Es un pequeñísimo pueblito cordillerano desde el que se puede llegar a la quebrada de Humahuaca. Lalo Cruz, uno de los pobladores, organiza cabalgatas y travesías que parten desde allí. Como otros en San Francisco, recibió un microcrédito de la Fundación ProYungas para desarrollar su emprendimiento. Valentín Mamani pudo comprar la máquina con la que hace artesanías en madera que vende en la oficina de información turística, frente al restaurante, recientemente ampliado, donde sirven los tradicionales tamales y empanadas norteñas.

Todo el pueblo parece de fiesta. Todo el pueblo son unas 30 familias, una iglesia, una ruta de tierra por la que esperan que llegue el turismo. Es una tarde de sol, pero Mamani anuncia que pronto vendrá la lluvia.

Tiempo de volver, dice nuestro guía. Entonces emprendemos el regreso, en la camioneta de Parques Nacionales, cuesta abajo, en caracol, por las yungas. Y de nuevo todo se vuelve verde. El verde intenso del Jujuy menos pensado.

Por Mercedes Funes

LA NACIÓN REVISTA

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