Sobrevivir a un naufragio en la Antártica

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Era la madrugada del 23 de noviembre del año pasado, y en el bar del crucero Explorer, que hacía un viaje a la Antártica, algunos tripulantes y pasajeros departían en torno a unos vinos.

“¡Tenemos agua en la cabina!, llegaron gritando unos pasajeros. Al principio no creímos, pero cuando nos miraron serios bajamos y vimos que había gente de la tripulación tratando de controlar el daño.

“Unos pasajeros que dormían, sintieron que el agua entraba y otros llegaron a sus habitaciones y vieron el agua”, recuerda Juan Carlos Restrepo Villegas, un geólogo manizaleño que trabajaba como guía en las expediciones que hacía en la Antártica el Explorer, un crucero que se hundió hace un año luego de chocar con una placa de hielo.

Juan Carlos zarpó desde Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, que está en la parte argentina de la Isla Tierra del Fuego. Hasta allí llegó el 10 de noviembre de 2007 proveniente de Montevideo (Uruguay), para salir al día siguiente rumbo a la Antártica a bordo del Explorer, con 100 pasajeros y 54 tripulantes en un viaje de 19 días.

En marzo del 2006 Juan Carlos llegó a esa sureña ciudad desde Buenos Aires, en una moto que compró en Australia, cuando estuvo recorriendo el continente oceánico durante seis meses.

“Llegué a Australia desde Nueva Zelanda e hice 13 mil kilómetros por el desierto, el este y la costa sur, luego subí por el centro y volví a Sydney. Después quería mandar la moto en barco para Suramérica y sólo se podía enviar a Santiago o a Buenos Aires, entonces la mandé y viajé a Buenos Aires. Allí tuve que esperar unas semanas y cuando llegó me fui hasta Ushuaia. Allá busqué trabajo en barcos de cruceros para la Antártica, pero llegué en marzo, al final de la temporada, entonces hice los contactos y conseguí empleo para el siguiente verano, de noviembre a marzo”, comenta este hombre de 1,70 metros de estatura, 68 kilos de peso, ojos cafés y pelo castaño.

El viaje que comenzó el 11 de noviembre de 2007 era de los largos, pues existen tours cortos de 10 días que solo van a la Península Antártica, y otros de 19 días que además visitan las Islas Malvinas y la Isla Georgia, en el Atlántico Sur.

“Primero, en las Malvinas hicimos dos días, después tres en Georgia del Sur, una isla inglesa remota donde no hay población, sólo vive una docena de científicos. Luego seguimos a la Isla Elefante, que queda llegando a la Península Antártica. Después íbamos camino a una base argentina que se llama Esperanza y justo esa madrugada ocurrió el accidente”, señala Juan Carlos.

Emergencia

En invierno la superficie del mar se congela y forma capas de hielo que pueden tener varios metros de espesor y luego en primavera se parte en bandejones. En recorridos como el del Explorer son normales los golpes con esas capas de hielo, pero Juan Carlos asegura que sintió uno más fuerte de lo normal.

“Pienso que chocamos contra uno de esos bandejones porque no había icebergs. Un iceberg es un bloque de hielo que se desprende de un glacial y queda flotando y sobresale varios metros por encima del mar. Es mucho más grande que un bandejón de hielo. Entre los bandejones se puede navegar en barcos como el Explorer, que no era un rompehielos pero era reforzado para el hielo, con materiales y construcción adecuados para eso”, explica.

La Antártica era el último de los continentes que le faltaba conocer a este amante de la música de Pink Floyd, quien afirma que para él, visitarla era un sueño.

“La situación en el Explorer se manejó con calma. Primero nos dijeron que había agua en la cabina y que estaban instalando motobombas para sacarla. El capitán subió al puente de mando y anunció que era una emergencia real. Nos dijo que nos pusiéramos los chalecos salvavidas, ropa abrigada y que sacáramos las medicinas indispensables. Luego nos reunieron en la estación de emergencia, que es un salón donde se agrupa a la gente y se dan las indicaciones. Antes de salir del puerto siempre se hace un simulacro de abandono del barco. Mientras tanto, la tripulación trataba de controlar el daño”, añade este hombre, que acaba de cumplir 34 años.

El Explorer era un barco de dueños croatas, pero de bandera liberiana. Esto ocurre, anota Juan Carlos, porque muchas compañías registran sus embarcaciones en países donde paguen pocos impuestos, como Panamá, las Bahamas o naciones africanas, y eso es legal.

Recorrido

Son muchos los conocimientos que los viajes le han dejado a este manizaleño egresado del Seminario Menor de Nuestra Señora, en los últimos cuatro años navegando alrededor del mundo.

El recorrido empezó en el 2002, cuando se graduó de geología de la Universidad de Caldas y se fue a viajar. Primero fue a Estados Unidos y luego a Europa, pero se le acabó el dinero, por lo que buscó y consiguió empleo con una empresa sueca llamada Star Clippers, que tiene tres barcos de turismo. Empezó con un crucero por el Caribe trabajando como guía de buceo y deportes acuáticos. Así recorrió las Antillas Menores y Centroamérica.

Pero en el Explorer el trabajo de Juan Carlos tenía más relación con su carrera, pues comenta que con videos y presentaciones en Power Point dictaba charlas educativas sobre la geología de la zona, las rocas volcánicas, los glaciares y los icebergs.

“Como hablo español me llamaron al puente de mando para que me encargara de hablar con las bases de Argentina y Chile para pedir ayuda. Estuve ahí unas dos horas mientras la tripulación trataba de parar la entrada de agua. El nivel iba subiendo y a veces se estabilizaba. Pero luego de ese tiempo el capitán dijo que la situación era insalvable y que había que evacuar el barco, y dio la orden de bajar los botes salvavidas.

Estábamos en el Estrecho de Bransfield, entre las Islas Shetland del Sur y la Antártica. Habíamos hecho contacto con los tres barcos que estaban más cerca, entonces dimos las coordenadas donde estábamos y les pedimos que nos recogieran”, agrega este expedicionario que siempre quiso recorrer el mundo y encontró en los barcos la mejor manera para lograrlo.

Fue así como luego de que terminó su primer contrato por el Caribe viajó por México, Estados Unidos, repitió las Antillas y cruzó a Europa, donde trabajó en el mismo barco en el Mar Mediterráneo.

En Atenas se embarcó nuevamente en un viaje hacia el sudeste asiático, en el que recorrió las islas griegas, el Canal de Suez, Egipto, el Mar Rojo, el Océano Índico, India, Sri Lanka, para llegar a los destinos del tour: Tailandia, Malasia y Singapur.

El rescate

Desde los cuatro botes rígidos y diez zodiacs (botes semirrígidos inflables) los pasajeros y tripulantes del Explorer vieron cómo el barco se fue escorando (hundiendo) hacia estribor.

“El capitán nos calmó para que no hubiera histeria. El mar estaba tranquilo. Eran las 3:00 de la mañana y ya estaba amaneciendo. Hacía mucho frío, la temperatura era de -5ºC, pero la sensación térmica era de -15ºC por los vientos de 25 a 30 nudos. En los botes toda la gente tenía agua, comida, medicamentos y equipo de sobrevivencia en alta mar. Nos mantuvimos juntos hasta las 7:30 de la mañana, cuando aparecieron dos barcos y desembarcamos allí a toda la gente”, anota Juan Carlos, quien con un poco de humor añade que ya gastó varias de las vidas que tenía, pues además de este accidente, también se salvó del tsunami que golpeó el sudeste asiático el 26 de diciembre del 2004, fecha en la cual estaba en el tour que arrancó desde Atenas.

“Aquella vez eran las 10:00 de la mañana cuando apenas estábamos empezando a desembarcar en un lugar entre la isla de Sumatra y Malasia. Inmediatamente el capitán vio las noticias del tsunami en televisión y ordenó salir a aguas profundas, que son más seguro porque cerca a la costa las olas se crecen hasta 30 metros, pero en alta mar no alcanzan más de metro y medio de altura. Donde estábamos llegó, pero casi imperceptible. A unos 50 kilómetros al norte sí hubo muchos daños”, recuerda.

Esto obligó al barco a cambiar la ruta, y solo dos meses después fueron a Tailandia, cuando ya había pasado un poco la destrucción. De ahí, este hombre, al que en su tiempo libre le encanta volar en parapente, partió de vacaciones a Singapur, y luego fue volando, pero en avión, a Nueva Zelanda, donde afirma que hay paisajes increíbles pero que no los cambia por la Antártica, a pesar del naufragio que sobrevivió.

“En el barco que nos recogió nos dieron comida, ropa y baño. Repartieron a 84 personas a la Base Eduardo Frei, de Chile, y a la Base Arteaga, de Uruguay, donde estuvimos un día. A la mañana siguiente, el 25 de noviembre, un avión Hércules de la Fuerza Aérea Chilena sacó al grupo y nos llevó a la ciudad de Punta Arenas, la más austral del continente. Nos recibieron representantes de la compañía y nos ubicaron en un hotel. Pasamos dos noches, y de ahí volé a Buenos Aires”, manifiesta este expedicionario que lleva 45 países visitados.

Vanguardia.com

Vía: desconocidatierradelsur