El día que gané mi verdadera aventura

por Rodrigo Antonio Panichine Flores, periodista y corredor de montañas. (Chile)

El día que gané mi verdadera aventura

“Rodrigo… no puedo creer lo que me contás… me dejaste realmente sorprendido y las únicas palabras que me salen son de aliento. Pronto te recuperarás, física y anímicamente, para que puedas escribir El día que gané mi verdadera aventura”.

“Tuvo razón éste amigo argentino y otros tantos que me desearon suerte pasar salir adelante con ésta aventura”. La historia fue así.  En Sollipulli luego de correr y tranquear hasta la cumbre intenté pararme de cabeza sobre la nieve para una “foto”. Éste ejercicio lo realizaba rutinariamente por más de veinticinco años sobre distintas superficies como una expresión de júbilo, en vez de gritar Jerónimo o Eureka. Extrañamente el primer intento no funcionó. Al insistir sentí como  mi cuello y cabeza se  hundían en la nieve y en un segundo, las voces desoídas tantas veces se hacían realidad. Me acababa de lesionar cuatro vértebras.

Días posteriores la dolencia se presentaba como si una flecha hubiese entrado por mi  nuca y luego se alojaba en el cuello. La voz especializada de mi amigo médico, escritor y patagón Mario González fue muy clara: “Rodrigo, producto de ejecutar tu peripecia por tantos años perdiste la curvatura de la cervical porque tu peso fue resistido por tus vértebras, y no por los músculos del cuello, que desarrollan por ejemplo los contorsionistas”. Podrás volver a correr, a hacer tus rutinas, vas a sentir esa flecha en el cuello por el resto de tu vida, lo importante es que no vuelvas a pararte de cabeza”.

Luego hablamos de la Patagonia. Me sugirió visitar una piedra localizada en el camino a Balmaceda, en la que recientemente habían descubierto pinturas rupestres. También me dibujó un mapa para llegar a unos lagos cercanos a Coyhaique, los que describió  ideales para contemplar durante todo el año.

En esos instantes sentía que todo lo que concernía a los anhelos del patagón, periodista y corredor reflotaba como aquellas raíces centenarias que escapan de las correntadas del río Baker, y estaba presto a calzar mis zapatillas y tranquear por los cerros.

Trotando por Coyhaique con una flecha en el cuello

Transcurrieron varios días y la nieve no cesó de caer en los montes, empeorando hacia el sector de los lagos. Sin embargo, un día antes de dejar Coyhaique y  regresar a Temuco, de pronto el cielo se abrió y se tornó azul en el norte. Rápidamente me puse las Columbia y comencé a correr contra el viento patagón. Sentí como mi nariz y rostro se reencontraban con los fríos valles de Aysén, y a los veinte minutos comprobé que la resistencia al invierno de éstas latitudes se desvanecía a cada zancada.

De esta forma, por más voluntad que le imprimí al “trotecito” fui  apabullado por el ventarrón y torcí hacia el sur, bordeando el camino paralelo al río Simpson. Según recuerdo, el último invierno en tranquear por éstas tierras fue el dos mil cinco, y ahora, pese a las cuchilladas de frío corría feliz, mezclándome nuevamente con barro,  nieve, y lluvia. Sólo me faltaban mis perros Hetairo y Dakar. Creo que fue precisamente ésta carencia la que condujo mi mente a entrelazar  tres recueros de correrías imborrables.

La gran carrera de Chile

Durante el año ochenta se organizó ésta actividad a lo largo de todo el país. Por aquel tiempo yo tenía ocho años, y el circuito a correr en Chile Chico comenzaba en el pueblo, luego bordeaba el Lago General Carrera hasta un sector de chacras anterior a la Puntilla, desde donde se doblaba a la derecha hasta “el cruce”, y de aquí se retornaba por la calle principal al lugar de partida. Eran casi cinco kilómetros de arena, tierra y ripio.

Aquella vez, corría acompañado de mi hermano mayor Leo y de algunos compañeros de escuela. Recuerdo que iniciando la maratón se me cortó el cordón de mi zapatilla izquierda,  la que volví a anudar con rapidez y continué corriendo. Pero el arregló aguantó poco, pues antes de llegar al cruce volvió a hacer Kaput. Éste nuevo contratiempo me tuvo llorando unos minutos hasta que llegó Leo, quien no sólo me consoló, sino que además quitó unos trozos de alambre de un cerco y con su ingenio característico logró atar mi zapatilla.

Posteriormente, él y sus amigos me ofrecieron acortar camino por el interior de las chacras, pero rechacé la oferta. Tengo certeza que proseguí corriendo porque unos metros más allá, en el cruce estaba el Profesor Henry Guajardo brindando jugo de naranja Suko a todos los corredores. Yo recibí de sus manos un vaso y no me atreví a pedir otro, pues nos habían enseñado a marchar con el agua justa.

El tramo final de la carrera está borroso en mi memoria: desperté acostado en mi cama tomando leche, y después Leo llegó a casa exhibiendo una risa de oreja a oreja, ya que su número de corredor había resultado premiado con un polerón  color vino tinto.

Es curioso, pero en ese tiempo solía acompañar a mi hermano a todas sus “aventuras”. Sin embargo, en ésta  primera maratón debuté tomando decisiones individuales y acertadas, porque aunque no logro rememorar el largo camino a la meta consta que llegué, y premiaron el esfuerzo, pues en una pared de mi habitación cuelga un diploma de honor con mi nombre, firmado y timbrado por un General. Claramente a Leo le sonrío la suerte y festejó su audacia, en cambio yo descubrí una virtud. “Mérito, hermosísima palabra”.

El tordillo de los montes de Asturias

Mis trotes en Asturias siempre tuvieron un denominador común: correr por montes lejanos donde pudiese encontrar algún lobo o asturcón. Contrariamente a mis propósitos di con aldeas de montañas que no figuraban en el mapa, capillas y puentes romanos, vacas y cabras típicas de la zona, y también con algunos mastines poco amistosos que lamentablemente conocieron en carne propia el trinomio: piedra, puntería y patagón.

Uno de esos días del verano del noventa y nueve corría cuesta arriba por una huella de animales cuando súbitamente oí unos sonidos que venían desde el suelo, los que aumentaban a medida que ascendía. De pronto, casi llegando a lo alto del cerro escuché un relincho y segundos posteriores me encontré frente a un caballo que estaba del otro lado de un cerco de alambres de dos hebras.

Era un tordillo  fornido, de abundante cabellera gris, negruzca y blanca,  visiblemente territorial. Pataleo y me insultó a su manera todo lo que quiso, pero luego se dio cuenta que peleaba con la persona equivocada. Le dije “hola tordillo, soy Rodrigo, vengo del sur del Chile, de la Patagonia, donde se crían buenísimos caballos y los mejores jinetes, corre conmigo tordillo, corre conmigo”. Los que sepan de animales no se van a extrañar de éste relato, porque lo que sucedió posteriormente fue que retomé el trote mientras el tordillo continuaba relinchando y golpeando el suelo, pero  luego comenzó a seguirme bordeando el alambrado. Corrimos juntos casi cinco minutos, hasta que llegamos al final de su potrero. En ese instante el caballo nuevamente comenzó a relinchar y a pisotear el suelo con ímpetu, motivo por el cual le volví a hablarle: “bueno amigo, hasta aquí por hoy, volveré otro día y seguimos de compañeros de trote, te aseguro que vuelvo tordillo”.

Marché de allí corriendo por un valle que me llevó directo a la carretera de Abuli, sintiendo entre relinchos esa mezcla de emociones que suelo reclamarle en ocasiones a Dios: “para que me pones buenos amigos en el camino si luego tengo que despedirme de ellos”.

Días posteriores regresé al potrero para ver al caballo pero éste no apareció. Miré sus rastros y le grite varias veces “tordillo, tordillo, soy el chileno”. Pero el tordillo no apareció. En el momento sentí mucha tristeza, pero hoy sé que Dios tenía un propósito para que así sucedieran las cosas aquel día de septiembre del noventa y nueve. Tengo la convicción que a Tordillo lo vuelvo a ver en el cielo, y correremos libres por eternos valles asturianos y patagones, sin cercos que nos dividan, como buenos amigos.

Texto, foto e ilustración: Rodrigo Antonio Panichine Flores, periodista y corredor de montañas.

Para NoticiasOutdoor

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