Nevados de Sollipulli, volcán y florido varón

Texto y fotos, Rodrigo Antonio Panichine Flores, Periodista y corredor de montaña.

Nevados de Sollipulli, volcán y florido varón

Pasaron dieciséis días, colmados de remedios, jarabes y limonadas. Recién ayer volví a sentir el alma en el cuerpo, luego de comerme un rico asado de carne uruguaya y americana,  regadito con un cabernet La Posada del 2007. Nuevamente tengo entusiasmo para relatar como suaves gotas lo que fue mi correría por los renombrados cerros Nevados de Sollipulli.

«Debo correr los Nevados de Sollipulli, y antes que llegue la nieve». Así era la orden autoimpuesta en mi cabeza. De esta forma, durante casi un mes estuve revisando sobre este conjunto de cerros definidos como un gran cráter volcánico,  cuyos valles otorgan experiencias visuales únicas en la Araucanía Andina.

El plan A era viajar a la localidad de Melipeuco, distante a 91 Km. de Temuco,  el pasado día 6 de junio. Desde allí me acercaría 20 Km. hasta la Reserva Nacional Villarrica, para posteriormente comenzar el ascenso, corriendo cinco kilómetros hasta los Nevados. Coincidentemente, aquel día jugaba la selección chilena contra la paraguaya. Pensaba «si todo va bien podría ver el partido, pero si algo salía mal me buscarían hasta el otro día, porque Bielsa daría baile y carnaval». Ante este escenario, la madrugada de ese mismo día  decidí posponer la travesía para el viernes 12, persuadido además por mí hermano Marcelo, quien se ofreció a asistirme en la logística.

Los más contentos con esta decisión creo fueron mi el resto de mis familiares y los carabineros del retén de Melipeuco, Cabo Primero Juan Salazar Osses y Cabo Segundo Marcelo Vergara Neira, quienes me mantenían informado del tiempo y estado de la ruta. Obviamente, «todos ellos pudieron ver tranquilamente el triunfo de Chile ante los paraguayos».

 

De Melipeuco a Carén Alto

El día de el plan B comenzó muy frío en Temuco, y estaba aún más frío en Melipeuco. En el retén fuimos recibidos por el Suboficial Mayor Luís Oliva Aburto, quien en dos tiempos corrigió algunos datos inexactos de mi información de ruta. Luego, él junto al Sargento Primero Amador Verdugo Herrera nos condujeron primero hasta el puesto de avanzada de Carabineros, distante a exactos 17 km. y posteriormente nos guiaron otros 5 Km. más hasta el sector de Carén Alto. Desde allí iniciaría 5 Km. de carrera ascendente rumbo a los Nevados de Sollupulli.

A las doce cinco amarré con doble nudo mis veteranas zapatillas Columbia Tiget Toot, «siempre vencedoras y jamás rendidas ni tierra ni en roca». Me persigné en nombre de Dios y la virgen María, y comencé una ambiciosa carrera entre un sendero de aguda pendiente por donde serpenteaba un hilito de agua. Ambiciosa porque no me duró mucho. Los primeros dos minutos sentí que se me partirían los muslos. Solitariamente me aleonaba diciéndome «querías correr cerro arriba como huemul, pues salta como huemul, eres patagón, pues tranquea como patagón».

 

La barita mágica de Coligue

Luego, manteniendo el mismo ritmo, comencé a esquivar rocas y ramas, y cuando el dolor de piernas se intensificaba me detuve un segundo para reflexionar sobre mi situación: «la cosa está fea, o me fundo corriendo hasta llegar a no se dónde, o tranqueo a paso de buey». Obviamente opté por lo segundo, ya que justo a mi lado había una caña de coligue, hallazgo que interpreté como «señal mágica-divina».

Con paso más pausado y disfrutando de la frescura del aire llegué al primer claro del lugar, donde existe un cascada encantadora, cuyo salto de agua emula a la perfección el velo de una novia. Sumergí la cabeza para beber agua y aproveché los instantes para volver a chequear mi equipo, ya que reiteradamente una vocecita interior me decía «ojo que no estas en tus tierras». Los víveres eran tres barritas de chocolate Capri y tres Súper 8. Además llevaba una caja con seis fosforitos, una caramayola de litro con jugo de naranja Sprim, mi chaqueta de polar y mi cámara todo terreno Nikon L 18. Todo liviano y ordenado en la Revo 20 de Salomón. Muy coherente con mi filosofía «lo que sobra en el monte no sirve»

 

El sendero de la siniestra

Al dejar atrás la cascada me encontré con la primera bifurcación. Había leído en Internet el relato de unos santiaguinos, quienes sugerían seguir el camino de la derecha. Sin embargo, pese a que siempre escojo los caminos de la «diestra», opté por el sendero de la «siniestra»,  basándome exclusivamente en que los santiaguinos habían llegado a la cúspide del cerro en cinco horas en época de verano, en cambio, yo debía subir y bajar casi en la mitad de ese tiempo casi iniciándose el invierno. Cuando las escasa horas de luz de la tarde jugaban en contra de mis propósitos. Así, manteniendo un mix entre trote y caminata, fui descubriendo las Araucarias, las que emergen espigadas contra el cielo y majestuosas sobre el inclinado terreno.

A medida que avanzaba entre los senderos y la exuberante vegetación, recuerdo que a ratos iba marcando rastros en el suelo para fijar mi ruta de regreso, como así también, fui estableciendo puntos de referencia.  Cercanos como el sonoro riachuelo que fluía camuflado entre algunos palos caídos y  retorcidos, o bien lejanos como cerros cuyas cumbres se dejaban ver entre el verdear de Quilas, Coihues y Araucarias.

Hasta los casi cincuenta minutos, el sonido del agua estaba a mi izquierda, es decir en el Este, a mi espalda y cerro abajo estaba el Norte, medianamente visible, y el Sur y Oeste no se divisaban por ninguna parte. Sin embargo, instantes posteriores de marcha, súbitamente salí del bosque nativo y me encontré de sopetón con los primeros cuadros volcánicos. Radicalmente la geografía imponía el colorido en este valle de origen ígneo. Laderas grises y a ratos negruzcas, mantos armoniosos de piedras rojizas que invitaban a la especulación sobre el acontecer milenario de estos cerros, y los tonos de contrastes que proponían el cielo azulado, el verde centellante de las araucarias guachas con sus interesantes sombras, y la nieve que asomaba sutilmente en las cumbres, sobre los dos mil metros de altura según mi percepción.

 

En las faldas del Sollipulli

Siendo la una de la tarde, luego de hacer unas fotos y contemplar el paisaje, fijé el rumbo a la cumbre, el que implicaba zigzaguear en cinco tramos bastante definidos. Mi experiencia me llevó a pensar que sería como correr por los cerros en los tiempos posteriores a la erupción del volcán Hudson. Sin embargo tuve una grata sorpresa, rica en aprendizaje, pues esta superficie no era como la ceniza volcánica que calló en Chile Chico, en la Patagonia de Aysén. Esta la podría describir como granulosa, corrediza y a la vez seca al impacto del pie. Varias veces me sentí como «empantanado» y definitivamente era poco viable utilizar mi técnica de correr saltando torcido como huemul, ni mucho menos usar la técnica del galope explosivo del caballo, intentando desplazarme de un tramo a otro sin detención alguna, buscando la altura. Todo lo anterior quedaba descartado. Sí pude correr cuesta arriba como guanaco, acelerando recto y con pausas. Aunque debo confesar que fueron bastantes las pausitas, sobre todo porque comenzaban a agudizarse unos síntomas extraños que venía sintiendo en mi garganta desde días previos a esta excursión.

Fiel a mi naturaleza, nunca me volví a mirar hacia atrás. Tenía la vista fija en la cumbre. Tanto así que casi me caí de bruces dos veces, pero me las arreglé con mi cañita de coligue, pues siempre he guapeado con mi cualidad de poder subir los cerros corriendo, evitando al máximo el uso de las manos.

Así, encumbrándome en una acelerada carrera de veinte metros, y sintiendo los primeros fríos en mis piernas, a las dos de la tarde exactas llegué a la cima del Nevado de Sollipulli.

 

Belleza escénica en todas direcciones

Como mi vista quedó orientada al Oeste, lo primero en ver fue el glaciar colgante entre dos negros cerros. Al sur veía la prolongación del cráter, extendiéndose hasta donde  alcanzaba mi vista. Luego escalé unas rocas, y hacia el norte aprecié el amplio valle de araucarias milenarias, destacándose además las nieves del volcán Llaima. Al este, entre unas cumbres asomaba un lago de aguas color calipso, el que con pesar presumo podría haber sido la Laguna Icalma o el Lago Moquehue. Le recuerdo a mi lector que estaba situado en lo más alto de un cerro, pero la certeza de mi perspectiva sólo la podría haber corroborado con instrumentos, desde un avión, o con la ayuda de «algún capo». Pero aquel día doce de junio estaba sólo. «Sólo pero inmensamente feliz».

El descenso da para argumentar una tragedia, un drama o una comedia. Sí, porque la perspectiva, los deseos de correr entre la arenisca y la nieve, y sobre todo, la atracción del colorido de algunas flores y frutos de la montaña me alejaron bastantes kilómetros de mi rumbo. Pese a tenerme por baquiano y gauchito, confieso que me las ví «coloradas», perdido entre las quilas que a cada paso rasgaban mis piernas, sin ver más allá de mis narices, temiendo incrustarme una caña entre los ojos, y sobre todo caminando entre dos ríos, en circunstancias que cuando subí sólo existía uno. Pero bueno, así es mi aprendizaje, a tropezones. Anecdóticamente, subí en dos horas y descendí en tres. Lo demás son cuatro r: risas, remedios, reposo y recomendable.