Los patrones milenarios de la Patagonia de Aysén

Al diluirse el sendero montañoso comienza la huella de los patrones milenarios de la Patagonia de Aysén

Texto y fotos: Rodrigo Antonio Panichine Flores, Periodista, corredor de montaña del equipo Tranko Tehuelche.

A mi bisabuelo Pedro Panichine, armador y primer capitán del buque Andes, quien solía acallar brabucones diciendo «te juego lo que sea a que adivino cuántos remaches tiene este barco».

Aquella noche, todo confabuló para que al otro día no corriera al Cerro Mano Negra. La cábala estaba incompleta e inconscientemente rebajé de más una uña de mi pie derecho, acusando dolor recién al levantarme. Pretender correr 50 km. de ripio, ida y regreso sería descabellado. Molesto volví a acostarme.

Al despertar, percibí tras la cortina la energía del sol. Después de

ducharme, dubitativamente me vestí de fin de semana y pregunté a mi padre:
– che ¿irá a estar así de despejado el día?
– «creo que si» respondió
– no es que me haya quedado dormido, simplemente me estropee una uña -expliqué -.
Luego, sentí como tambores en mi corazón. Recordé que para un guerrero o pionero de la Patagonia de Aysén, no existen días nublados o uñas malcortadas. Inmediatamente fui como flecha por mi equipo y anuncié a mi padre: voy a los cerros altos del sector Panguilemu, iniciaré el regreso a las
16:00 horas, pretendiendo estar aquí a las 20:00, antes del anochecer.
Sin más palabras, salí tranqueando a las 12:00 horas, anhelando estar
pronto sobre el ripio o barro. Pasados los 30 minutos, poco antes de llegar al puente del sector El Claro, mis manos se enfriaron. Podía tolerarlo o resolverlo, y lo hice, colocándome el corta viento, escondiéndolas entre las mangas. Posteriormente, sentí en mi rostro las frías brisas del O, intensificándose a medida que avanzaba en esa dirección. Literalmente «estaba frito», porque desde aquel punto de avance no me permitiría regresar por guantes o más ropa de abrigo.

Dios fue mi compañero en la montaña, junto a dos ángeles con apariencia de diablillos

Pensé que debía hablar con Dios. Le dije: «corro a un lugar desconocido, sin mapas ni brújula, aguantaré lo que venga, menos el frío, por ello te pido fuerzas y tu compañía«. Luego, crucé el puente, avancé unos 20 metros e inmediatamente sentí como la calidez del astro rey impregnaba el aire y la tierra. Mirando hacia el cielo agradecí y añadí «por favor dile a Hetairo que vea mi camiseta, porque hoy él vuelve a liderar la ruta, detrás va Dakar, siempre correteando aves y bichos».

Antes del primer desvío a la izquierda existe un tramo para correr relajado, pasado este es siempre subida. Rompe piernas para cualquier corredor. Por ello las enfrenté a tranco de buey. A este paso subía cuando sobre el horizonte panorámico vi asomar verdes y grises montañas, donde descollaba un oscuro y triangular picacho. De pronto apareció un automovilista a quien después de saludarle pregunté:

– ¿cómo llego a ese cerro negro que le dicen el Panguilemu?
– súbete huevito, te llevo, a pata hoy no llegas ni a palos, te queda subida tras subidas
– no se preocupe, voy a llegar -respondí- sólo dígame por favor qué camino me lleva a ese cerro
– miró a su joven copiloto y con escasa fe expresó «súbete, no seas huevito, te quedan tres subidas más, todas largas, una bajada, cruzarás un portón, se te acaba el camino y luego continuarás por la huella de animales, arriesgando ser sorprendido por la noche, sube huevito».
– sonreí diciendo «agradezco su información, soy Rodrigo Antonio Panichine Flores, llegaré a ese cerro puntiagudo o bien a la montaña del frente, no se preocupe.

Continué tranqueando hacia el N y luego SO, crucé olorosos valles donde habían casas de campo, galpones y «perros toreadores de todos los pelos, esos que ladran y encaran en grupo». En un tramo muy empinado corrí acompañado de una mariposa, de colores amarillo, naranjo, negro y gris.

Al llegar a la última cuesta dejé pasar un 4×4 que subía lastimosamente. Se detuvo a un costado, saludé y pregunté al conductor:
-¿por dónde llego directo a esos cerros negros?
– éste en tono de risa expresó «es peligroso subir solo, existen algunas
huellas de animales, allí abundaban huemules, pumas o cóndores, se lo van a comer enterito
«.
– siguiendo el tono, medio en broma, medio en serio le retruqué: soy
Panichine, de Chile Chico, e inmediatamente el distinguido señor se quitó su gorra, y haciéndome una especie de reverencia dijo «adelante mi amigo».

Corriendo a media falda del cerro, como el tranqueador puma

Descendí tramos curvos, crucé portones y un río cordillerano. A las 13:30 estaba en los pies de una montaña. Analicé mis próximos pasos durante dos minutos. Decidí que el objetivo sería ascender la montaña como puma, a media falda, en dirección SO, hasta una saliente que estimé brindaría buen ángulo para fotografiar aquel cerro negro puntiagudo. Corrí con velocidad, atravesé mallines, serpenteando nobles y roídos troncos colonizadores.
Al diluirse la huella de vacunos percibí un sendero de huemules, el que iba orillando quebradas, hundiéndose en la densa y espinuda vegetación. Poco antes de llegar al lugar escogido, sentí el rin rin de mi viejo teléfono Nokia, causándome risa e intriga «¿quién re flautas llamaba?». Era él, «quien más podía ser». Mi papá estaba observando la montaña desde Coyhaique con larga vista, no me veía, pero identificó la saliente y acotó pertinente mi plan.

A las 14:00 estaba en excelente posición contemplando el picacho negro. El sol pegaba a contraluz. Debía esperar. Miré el cielo y la montaña, vi que su cima estaba cercana, di unos pasos, luego otros, encontré una caña de coligue, la interpreté como señal de apoyo y optimismo, y entusiasmadamente comencé a correr cerro arriba. Sentía que mis muslos estallarían. Usé mis manos, brazos, pies y cabeza para abrirme paso entre el exuberante, húmedo y sombrío bosque. Hasta los codos usé de machete, y las Motrail Masochist fueron bravas, como zapatillas y guadañas. Ni hablar de mi Salomon Revo 20 litros. Más que mochila parecía una coraza.

Exploraba, miraba y trotaba, esquivando arbustos, ramas y raíces, sólo
necesitaba encontrar la flor más alta de la montaña para regresar. De
pronto, bajo unas grises y barbudas Lengas encontré lo buscado, posando como cortesanas, espigadas, elegantes y floridas en la inmensidad. Me senté a su lado a observarlas reinando en su bello espacio de metamorfosis visual. Bebí largos sorbos de jugo, escuchando el silencio – quebrado sólo por ramas que caían- reflexioné sobre los asuntos esenciales de la vida, mi vida y Patagonia.
Recordé algo que leí de Mario Gonzales Kapes, expresando que hizo intentos por dejar este terruño pero no pudo concretarlo porque la felicidad lo devolvía; también vinieron a mi mente las conversaciones de los miércoles con mi amigo Emanuelle, cuando aún siendo veinteañeros, al otro lado del charco, cenábamos preguntándonos recíprocamente sobre Patagonia y el imperio romano.

Mérito, legitimidad y felicidad

Nuevamente enfocado en la esbelta y amarilla flor arremetí contra mi
conciencia ¿merece la pena subir una montaña a descubrir y contemplar una especie? ¿Será esta la forma escogida por Dios para fortalecer mi espíritu y concederme méritos, emanados de sacrificio, sudor, sangre y conocimiento?.
Hoy, rememorando la jornada de inicio a fin, sus colores, olores y sabores, sé que mis trancos perseguían la felicidad, la misma que detuvo a González Kapes y de la que habla Vial Larraín al expresar que esta «se busca, se desea, se proyecta, y que finalmente ha de alcanzarse, porque este es el plan tácito de la vida».
A cinco líneas de finalizar este relato, puedo señalar que 30 segundos
después de alejarme de aquella flor, cometí un error que debí enmendar al día siguiente, descender me produjo nuevas heridas y también un deseo de estropearme a cabezazos contra las rocas, pero al final del día, obtuve las fotos que anhelaba y sumé una nueva experiencia al correr más de 30 km en las montaña de mi querida Patagonia. Yo lo planifiqué, Dios me ayudó a concretarlo.

4 comentarios en “Los patrones milenarios de la Patagonia de Aysén”

  1. Marcela Bacon

    Quiero felicitar al periodista. Su talento para escribir es indiscutible. Su capacidad para transportar al lector y hacerlo parte de su jornada es admirable. Su pasion por escribir y correr montanas es evidente en cada linea de los articulos que escribe. Ademas de lo anterior nos deleita con hermosas fotografias que revelan la belleza de nuestro pais.

  2. Rodrigo Antonio Panichine Flores

    Estimada Señora Marcela Bacon, agradezco sus gentiles palabras de reconocimiento y elogio hacia mis publicaciones y persona. Continuaré compartiendo experiencias con mis lectores (as), ayudado por Dios, Patagonia y mi fiel equipo.

    Rodrigo Antonio Panichine Flores.

  3. Anatolia Soto

    Rodrigo, te estoy buscando y por google te encontré aquí. Hace mucho que no sé nada de tí, ojalá pudieras contactarme a mi mail.
    Cariños 😉

  4. MundoTrekking

    Excelente relato Rodrigo!!… se te extraña…

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