Los secretos de sus mochilas, la vida en alta montana.


Sin sacos de dormir para frío extremo o botas especiales sería imposible sobrevivir a 8.000 m.

El equipo es el cincuenta por ciento del éxito de una expedición. Si duermes mal en una tienda de campaña de la que dudas de su resistencia y el viento se la puede llevar, si te cuesta trabajo encender el hornillo para cocinar porque es viejo y justo ahora se estropea, si las botas no son buenas y a las dos horas de salir tienes que volver sólo por el frío de los pies y quieres volver a casa con todos los dedos … imagínate si es fundamental un buen equipo».

Son palabras del pacense Nicolás Durán, uno de los acompañantes de Isabel y Vanesa en la expedición que inician en septiembre al Cho Oyu (8.201 metros). «En estos sitios descansar bien es fundamental, tener un buen saco de dormir marca la diferencia entre levantarte en condiciones al día siguiente o no poder seguir. Ten cuenta que ya vivir es complicado a determinada altura, así que cualquier problemilla en una montaña cualquiera se convierte en un problemón en el Himalaya».

Una vez llegados al campo base y montados los siguientes campamentos de altura, que no es más que dejar puesta una tienda con combustible para cocinar y poco más, al encarar la montaña cada mochila pesa unos diez kilos.

Sin embargo, durante la bajada, al recoger todas las tiendas y su avituallamiento, puede alcanzar los 27 kilos. Nicolás recuerda esta situación el año pasado en el Muztag Ata (en China, 7.546 m.). «En esa mochila  hay dos tiendas de campaña, material personal como ropa y saco de dormir, basura, cartuchos de gas vacíos, equipo fotográfico, piolet, crampones, agua, barritas y gel para comer, la cuerda por si acaso, estacas y anclas de nieve».

¿Se duchan en el Himalaya?

¿Cuántas veces se ducha un alpinista en expedición?, ¿lavan la ropa o se llevan 45 calzoncillos? Nicolás dice que él se lleva toda la ropa interior de casa y en un momento dado se acerca al cocinero del campo base para que le dé una perola de agua caliente donde lavar algo de ropa, «pero sólo calcetines y ropa interior, el resto de prendas no puedes estar lavándolas».

Estando en el McKinley (Alaska) a finales de esta primavera no pudieron ducharse ni un sólo día de los dos meses que duró la aventura porque allí todo es hielo y la fórmula para obtener agua con la que beber y cocinar es derritiendo nieve con el infiernillo. No obstante, Isabel aclara que siempre lleva toallitas húmedas.

Sin embargo, el principal obstáculo, el enemigo a batir, es el frío. Cuentan Isabel y Nicolás que «llega un momento en que todo el camino vas moviendo los dedos de los pies y las manos para evitar que la circulación de la sangre se pare, es algo sistemático y no puedes esperar a no sentirlos, así que coges el ritmo de la pisada y los mueves constantemente. Si no lo haces, corres serio peligro». Por si acaso, una resistencia con una batería sobre la plantilla en los días más duros y una barritas que generan calor al partirlas en las manos para los bolsillos son detalles que ni Irving ni Mallory tenían a su disposición a mediados del siglo pasado, pero que hoy día se hacen imprescindibles en el ataque a la cumbre de cualquier ochomil.

En cuanto a la comida, en el campamento base es de olla y, según Arturo Díaz, «con un buen cocinero siempre va mejor la expedición». Pero cuando se inicia la verdadera ascensión la comida es liofilizada y va en sobres. La liofilización es un proceso en el que se congela el alimento y una vez congelado se introduce en una cámara de vacío para que se separe el agua por sublimación. De este modo, al añadirle agua recupera su sabor y textura original.

Todo esto se hace en el interior de una tienda cuyas varillas y tejidos tienen una resistencia extra para aguantar las rachas de viento. Son impermeables, llevan un avance exterior para cocinar y dejar el material y están diseñadas para pasar días, incluso semanas en su interior si el tiempo lo exige.

Fuente: Hoy.es

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